(Sin) sabores de lo inacabado

Desbarros
La jena più ne ha e più ne vuole 1969 , Isgrò

Fotograma “cancellato” de “La jena più ne ha e più ne vuole”, 1969, Emilio Isgrò

¿Cómo leemos una novela que sabemos incompleta? ¿Qué representa la firma del artista o el punto final del relato? Si uno de los grandes enigmas de la historia de la humanidad reside en no saber por qué una persona se levanta una mañana y decide crear un objeto artístico –”inútil”,  “improductivo”–, otro enigma, sin duda igual de interesante, es dilucidar cuándo una obra de arte está acabada: cuándo un borrador deja de ser un borrador.

Si hablamos de narrativa, una respuesta bastante obvia apela a la falta de información que vuelve incoherente, cuando no ininteligible, el argumento de un texto. Sin embargo, todos hemos oído hablar del sentido “abierto” de la obra de arte y de la función activa del receptor, por lo que una respuesta válida no podría reducirse al hecho de que al final de la novela no sepamos quién es el asesino.

Otra respuesta, no menos simplista, se decanta por confiar en la legítima voz del autor, quien decide abiertamente cuándo su obra está acabada. Aquí nos encontramos con al menos dos problemas: por un lado, el mismo autor puede no saber cuándo dar por acaba su obra, o –en el mejor de los casos– saberlo pero ser incapaz de hacerlo explícito. Por el otro, son muchos los ejemplos de voces autoriales ninguneadas por el vozarrón de la industria cultural. Es sabido que Borges renegó de muchos de sus textos publicados durante la etapa ultraísta y martinferrista; sin embargo, ahí está el primer tomo de sus Textos recobrados, editados por Emecé. Sabemos también que Vladimir Nabokov pidió a su mujer que destruyera el borrador de El original de Laura si el escritor no tenía tiempo de revisarlo antes de morir; por suerte o por desgracia, el hijo desobedeció y Anagrama lo acoge felizmente en su catálogo.

El interés de unos y de otros ha llevado a las librerías obras inconclusas de Charles Dickens, Franz Kafka, Ernest Hemingway, Albert Camus (sobre el que felizmente ha escrito Luis Javier Pisonero en Borrador), José Saramago o Harper Lee, entre otros muchos. En ocasiones, manuscritos fragmentarios y lagunosos han sido elevados al rango de “testamentos literarios”, cuando apenas existen editoriales que publiquen en vida a un autor de estilo fragmentario.

El tema de la novela inconclusa es complejo y hasta polémico –sobre todo cuando una novela potencial queda soterrada bajo la celebridad de un nombre–, pero el asunto se vuelve intransitable cuando hablamos de poesía o de pintura. ¿Cuál de todos los versos escribibles tiene el honor de ser el último? ¿Qué pincelada representa el remate de un cuadro? En el mundo de lo inconcluso disfrutamos enormemente con muestras retrospectivas de esbozos vanguardistas en servilletas de café, de libros que son engendros del editing moderno, de correspondencias sesgadas o de poemarios recuperados del olvido y el rechazo de su propio autor.

Hay modernos Prometeos del arte que son máquinas de hacer dinero, pero también están el poema “Kubla Khan” de Coleridge, el Réquiem de Mozart o los cuatro prisioneros de Miguel Ángel que se conservan en la Galleria dell’Accademia, en Florencia: obras maestras de lo inacabado.

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Uno de los “Prigioni” inacabados de Miguel Ángel, ca. 1525-1530

¿Cuándo un borrador deja de ser un borrador? Maurice Blanchot, quien veía la esencia de la literatura en su dispersión, en su capacidad para ser fragmento, retal, pieza inconclusa, escribió que el libro que recoge el espíritu excede y excluye cualquier sentido limitado, definido y completo. Esta idea bien podría valer como respuesta a nuestra incógnita, pero entonces estaríamos olvidando que en lo inacabado hay tantos sabores como sinsabores, que el hombre es la medida de todas las cosas –lo finito y lo infinito–, y que desgraciadamente –esto también lo escribió Blanchot– la respuesta es muchas veces la desgracia de la pregunta.

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