La séptima función del lenguaje, Laurent Binet

Crítica, Entrelíneas

La séptima función del lenguaje, Binet

 

La séptima función del lenguaje, de Laurent Binet, publicada por Seix Barral en España en 2016, no será la obra de arte del siglo, pero es sin duda una obra excepcional, bien construida y, además, divertidísima. Si eres un entusiasta del postestructuralismo, de las teorías del lenguaje o de la Teoría (a secas), disfrutarás como un enano quemando con los ojos las irreverentes páginas de Binet.

Complejas conspiraciones, asesinatos despiadados, espionaje internacional, persecuciones vertiginosas, intrigas políticas y filosofía, mucha filosofía. Cuando uno lee a Bukowski traducido tiene que leer muchas veces la palabra “polla” para sentirse cómodo en el texto. De forma similar, cuando uno lee esta hilarante novela de Binet, tiene que leer varias veces las palabras “semiótica”, “logos” o “French theory” para sentirse a gusto y confortable. Se tarda apenas unas páginas y el resultado es un thriller tragicómico (más cómico que trágico), o un ensayo novelado de indudable pericia narrativa, ideas de calidad y entretenimiento asegurado.

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Duelo, Eduardo Halfon (por María Ayete Gil)

-200º, Crítica

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Se llamaba Salomón. Murió cuando tenía cinco años, ahogado en el lago de Amatitlán. Así me decían de niño, en Guatemala. Que el hermano mayor de mi padre, el hijo primogénito de mis abuelos, el que hubiese sido mi tío Salomón, había muerto ahogado en el lago de Amatitlán, en un accidente, cuando tenía mi misma edad, y que jamás habían encontrado su cuerpo.

 

Con estas palabras de tono casi mitológico da comienzo la última novela del guatemalteco Eduardo Halfon, Duelo, publicada en 2017 en la editorial Libros del Asteroide. El autor, sobre cuyas espaldas pesa ya la publicación de un considerable número de títulos, se sirve de las páginas de Duelo para, siguiendo la estela de Monasterio (Libros del Asteroide, 2014) o Signor Hoffman (Libros del Asteroide, 2015), elaborar una indagación personal a partir de un recuerdo familiar. En este caso, es el misterio que gira en torno a la muerte de ese niño Salomón, hermano del padre del narrador, el trágico hueso vertebrador de la novela.

Desde la voz de un otro que comparte nombre y biografía con el autor, Halfon hilvana en poco más de cien páginas un relato que, teñido de sombras, abarca (atención) casi un siglo de la historia de la familia y se desplaza por el mapa geográfico de sus ancestros (Guatemala, Miami, Polonia, Berlín, Nueva York). ¿Cómo ejecutar tal ejercicio de precisión, economía y síntesis? ¿Cómo crear ese mosaico espacio-temporal sin perder al lector? ¿Cómo sin disminuir intensidad? ¿Cómo sin olvidar el centro? En definitiva, ¿cuál es el secreto, no sólo para hacer eso y no morir en el intento, sino para lograrlo y, encima, parir una pequeña joya como es Duelo? La respuesta es llamarse Eduardo Halfon.

La novela arranca en el chalé cerca del lago de Amatitlán, un lugar mágico en el que transcurre parte de la infancia del Halfon-narrador en compañía de la familia y, sobre todo, del hermano menor, cómplice y compañero de aventuras. El lector se transporta entonces a un presente de la mano de un narrador ya adulto que regresa a ese lago en busca de respuestas a la desgracia de Salomón, de la que no se habla. A partir de ese momento, los desplazamientos espacio-temporales se suceden sin descanso, en un vaivén entre distintos flashes del pasado (que dibujan el recorrido biográfico de la familia) y la travesía presente que ha emprendido el adulto en Guatemala.

Pero la novela no se queda en la búsqueda de esa verdad sobre Salomón, sino que con ese algo que nos recuerda al buen uso del realismo mágico, la novela se extiende con personajes y escenas del imaginario guatemalteco, como son el niño que vende café y tortillas en su cayuco, el guardián y jardinero del chalé don Isidoro o la bruja doña Ermelinda. Es, precisamente, en el encuentro del Halfon adulto con este último personaje, hacia el final de la novela, cuando se produce uno de los mejores momentos del texto: esa fantástica enumeración catalogada de niños ahogados en el lago -que es difícil leer sin recordar aquella relación de mujeres asesinadas del Bolaño de 2666-, que viene a ser culmen del rasgo de estilo más característico del autor: el uso de la anáfora. Estas repeticiones logran, por un lado, dotar al discurso de un ritmo vertiginoso y, por el otro, embelesar a un lector al que sólo le queda rendirse a los pies de la belleza de la palabra.

Portadora del efectismo y de la intensidad de los buenos cuentos, Duelo debe leerse de una sentada, ya no por deleite personal (que también), sino para honrar el esfuerzo del autor por buscar la mejor estructura de cara al golpe final al que conducen los retazos breves de los que está urdida la novela: esa última escena, extraordinaria y conmovedora, que cierra circularmente el texto con el nombre de Salomón a orillas del lago del pueblo de Amatitlán. Con la última palabra, “Salomón”, clausura Halfon su corta pero profunda reflexión sobre cómo afrontar el pasado, la historia personal, las raíces y la culpa.

Halfon nació en Guatemala pero emigró a los Estados Unidos a los diez años. Tras la lectura de sus textos (todos ellos escritos en español) es, cuando menos, llamativo escucharle afirmar, tal como ha hecho en más de una entrevista, que el inglés es su espacio de confort, siendo el idioma español un terreno que todavía siente estar recuperando. Y es que si sus novelas son ya una lección de dominio y virtuosismo, me pregunto qué nos encontraremos cuando sea que el guatemalteco dé por concluido su particular ejercicio de rescate.

 

María Ayete Gil

mayete@uwm.edu

 

 

 

 

 

 

 

Yonquis de las letras, Jorge Comensal

-200º, Crítica, Ensayo

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Hace unos años que venimos disfrutado de la colección de ensayo breve de la editorial La Huerta Grande, pero hasta ahora ninguno de estos títulos se había inscrito en la tradición del ensayo con mayúsculas con tanta fuerza como Yonquis de las letras (2017), de Jorge Comensal. Tras una portada austera y un formato limpio, el autor mexicano dispara una bala de cañón con este texto inteligente, certero y divertido.

Como el padre de los Ensayos, Jorge Comensal utiliza al texto como pretexto para narrar las peripecias del sujeto, o al sujeto como pretexto para narrar las peripecias del texto: «el ensayo como acto de narcisismo caníbal», ha escrito el propio Comensal. En cualquier caso, este libro elabora la idea central de la adicción literaria por acumulación de experiencias propias o ajenas, verdaderas o apócrifas –qué importa–, para ofrecer un catálogo materialmente breve, pero virtualmente infinito, de casos y causas de dependencia de la letra impresa. Una dependencia de la que ya nos advierten las primeras palabras del libro:

 

De todos los apetitos, leer es el más tramposo. Parece una costumbre inofensiva, pero tiene sus peligros y locuras, excesos y trastornos. Opio, bingo, sexo, tabaco, Biblia, marihuana… Los libros también enganchan la vida a su consumo.

 

De figuras ya conocidas por todos, como Don Quijote o Madame Bovary, a rarezas bibliófilas inenarrables y extraños lectores compulsivos, como Adolf Hitler. Comensal conoce el tema que tiene entre manos, y lo conoce por haber soportado literalmente entre manos aquellos libros que durante años fueron pasto del insomnio, la obsesión y la soledad. Entre páginas que saciarán al más hambriento de referencias librescas y conexiones inauditas, se cuelan íntimas confesiones, guiños privados llenos de ironía, recuerdos más o menos amargos de los que portan consigo la dicha y la desdicha de ser un adicto, un verdadero yonqui de las letras.

 

Por lo pronto reconozco que los excesos me resultan familiares. Mi abuela solía decir «Me gusta la copita» al borde de la congestión alcohólica. Mi padre volvía a casa dando tumbos y me encontraba, como siempre, a solas con un libro. «Estás loco», balbucía. Ninguno de los dos se percataba de cuánto nos parecíamos. Heridos por el mismo fuego, tratábamos de apagarlo con gasolina.

 

Este hecho hace que resulte hermoso y fácil creer en la sintomatología y la casuística que Comensal expone y analiza, como leyendo Opio, de Cocteau, nos dejamos llevar por el olor del humo, el color desdibujado de las alucinaciones y el tacto nebuloso de los almohadones orientales.

 

De vacaciones forzadas en el rancho de un pariente, al calor de una fogata concurrida, un tipo de bigote nietzscheano y cultura paleolítica me preguntó qué quería estudiar cuando fuera a la universidad. «Letras», le respondí con orgullo quinceañero. «Para eso no estudie —me dijo—, que yo se las enseño: a, b, c…». No me ofendió la broma simple sino la carcajada unánime que provocó. Sentí mi soledad elevarse al cuadrado. Para calmarme pensé en Si te dicen que caí de Juan Marsé, la novela que estaba leyendo. En medio del desierto de Coahuila, mi cerebro se fugó a Barcelona con Java y Sarnita; sin ellos el purgatorio de aquellas vacaciones habría sido un infierno. Muchas veces pasó lo mismo. La enfermedad, el luto y el despecho, una adolescencia infame que recuerdo sin odio gracias a los libros. Mi dicha fue con ellos solamente, una vida de mierda con perfume de azahar.

 

«¿Por qué aspiro a leerlo todo?», se pregunta el autor enunciando la clave misma de su libro. Quizá para devolverle a la literatura aquella salvación de infancia, quizá por mero placer, quizá (como hacen la mayoría de fumadores) porque no puede dejarlo. La respuesta es la desgracia de la pregunta, decía Blanchot, y esta duda no puede más que quedar sin solución para que sigamos leyendo, presos de la fiebre y del vicio.

Montaigne, quien sin duda alguna habría disfrutado este texto, escribió en el octavo capítulo de sus Ensayos que la melancolía –afección que aborrecía– lo asaltaba en momentos de tedio y ociosidad sin que pudiera hacer nada para evitarlo, y que fue ese mismo humor melancólico lo que primeramente le metió en la cabeza «el desvarío de empezar a escribir». ¿Qué otro humor es capaz de meternos en la cabeza el desvarío de empezar a leer? ¿Qué humor, si es que existe alguno, es capaz de curarnos ese desvarío?

La melancolía, como la manía, el ataque de nervios o la histeria, son males o afecciones que se mueven en un limbo pre-clínico. Hace tiempo que sabemos que no tienen nada que ver con el color de las secreciones del hígado o con el temple del alma, y, sin embargo, hablar de depresión clínica exige una rotundidad que ciertos caracteres dados al ensimismamiento, la soledad y el silencio no toleran.

La adicción a la lectura, tal y como el autor de este libro la plantea, sobrevuela los campos del delirio, el trastorno, la obsesión, la vasta locura y la humilde timidez. Es un mal inclasificable, siquiera como «mal». Como el «mal de Montano», aquella enfermedad de la literatura ideada por Enrique Vila-Matas en una de sus mejores novelas, cuyas consecuencias sobre quien la padece son que no puede dejar de vivir su vida a través del tamiz de lo literario.

El tema, ya de por sí, es interesante, sobre todo para quien acarrea en su interior, más o menos latente, ese mal de la literatura o de la lectura que tanto bien hace. Un veneno balsámico. Un verdadero pharmakon. Sin embargo, ¿qué mérito tiene disponer ante el humilde lector un tema interesante, más aún si el lector ya cuenta con esa predisposición patológica a disfrutar del tema libresco? Bueno, el mérito ciertamente existe, aunque algunos vean en él un mérito estratégico como el de un experto en marketing y en Big Data. Pero el punto fuerte de Yonkis de las letras no es la elección del tema sino su realización, su formalización.

Un libro que habla de adictos a la lectura o de lectores compulsivos podría haber sido una verdadera chapuza. En cambio, Yonkis de las letras es una apuesta enorme y brutal por la conjunción perfecta de la pasión lectora y el talento literario de su autor. Desde Borges, muchos son los autores que han querido definirse mejores lectores que escritores, en un ejercicio táctico de humildad que libere de algún modo el peso de sus responsabilidades literarias, como queriendo hacer creer a los lectores que la escritura de un poemario, una novela o un ensayo es fruto del azar, o cuando menos una actividad secundaria y lateral respecto de la lectura.

Por el contrario, son pocos los autores que, como Borges, han sabido desmentir y desmontar en la práctica su propia estrategia publicitaria, siendo igual o mejores escritores que lectores. Octavio Paz, Alfonso Reyes y Sergio Pitol –los tres mexicanos– se cuentan entre estos seres excepcionales. También Cervantes –si se me permite–, o el citado Vila-Matas, o Roberto Bolaño, o el propio Jorge Comensal.

No debe ser fácil abordar un texto como este con las expectativas de volverlo legible y, menos aún, ameno y entretenido. Sin embargo, Jorge Comensal lo ha conseguido. El lector que se atreva con Yonquis de las letras no se arrepentirá, y tendrá entre sus manos todo el peso de la literatura, pero con la ligereza y la sencillez –que no simpleza– de un chute de heroína. La sangre hierve –dicen–, los ojos se vuelven –dicen– y el espíritu se adormece –dicen– extasiado en un pasar las páginas sin freno, sin fin, hasta que este ensayo, que te agarra con las zarpas de una buena novela, entra en ti y ya no te abandona.

 

Al lector salteado, por su segundo aniversario

Desbarros

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El pasado viernes 23 de febrero se cumplió el segundo aniversario de este espacio de páginas erráticas y fronteras imprecisas que llamo lector salteado, y lo que empezó como una broma parece haberse convertido en una broma larga.

Cuando después del lore ipsum de rigor publiqué una reseña de Historia abreviada de la literatura portátilde Enrique Vila-Matas, pensé que ya lo había hecho todo. Había abierto un blog, había publicado una reseña anacrónica, no la había leído nadie: ¿qué más se puede pedir?

Sin embargo, vinieron otras, otras muchas, quizás demasiadas. La pantalla blanca e inmaculada comenzó a poblarse de letras, palabras, comentarios más o menos afortunados, títulos de libros y de películas, nombres de autores, autores enteros que se colaban entre las rendijas de ventilación de mi ordenador, bajo las teclas, abriéndose paso entre los píxeles de la pantalla y el código de una web de nombre incierto y resabios gastronómicos tan lejanos como erróneos: lector salteado.

Me gusta la minúscula. En otros lugares lo he dejado por escrito. Nadie podrá negar que he luchado por ella y que solo he usado mayúscula cuando las circunstancias me han obligado. Pero han sido muchas las veces en que las circunstancias me han obligado. Los escritores, como digo, se colaban en el blog saltando directamente desde mi mesilla de noche, y eso ha hecho que también el blog saltara como un trapecista sobre el abismo de redes sociales que han reescrito y referido su nombre con mayúscula: Lector salteado. En cierto modo, es como si habiendo pasado dos años desde su nacimiento el nombre hubiera crecido y esa letra inicial hubiera ganado en altura y anchura sin remedio alguno. Yo me resigno a que el blog tenga dos nombres, uno con minúscula y otro con mayúscula. Son las dos caras de un mismo ser, Jekyll y Hyde, la cara íntima y esquiva vs. la cara social y amigable.

La culpa la tienen siempre los escritores, que campando a sus anchas en mi blog han conseguido que esto parezca el apartamento de la calle Suipacha de Buenos Aires donde el narrador de aquel cuento de Cortázar vomitaba conejitos blancos como un desquiciado. Conejitos y escritores por todos lados. Cocteau, Duras, Orejudo o Lamborghini fueron de los primeros en llegar, pero entonces ni siquiera intuí que como verdaderos saboteadores abrirían la puerta desde dentro para que entraran otros colegas del gremio: algunos clásicos poco frecuentados, como Giovanni Papini y sus furibundas Cartas del papa Celestino Sexto a los hombres, Giorgio Bassani y su extraordinaria novela La garza, Maxim Gorki y su relato El vagabundo filósofoFernando Pessoa y sus Cartas de amor, Georges BatailleLo imposible, Rubén Darío y Los raros.

Así podía haber terminado todo, pero no. La fiesta se descontroló y entraron algunos gigantes de la literatura hispanoamericana contemporánea, como Sergio Pitol, Roberto BolañoAlan Pauls o Rodrigo Fresán, y algunos representes heterodoxos de la narrativa española actual: Alberto Olmos, Julio Fajardo Herrero, Jesús MarchamaloPhil CaminoJorge Carrión o (de nuevo y siempre) Vila-Matas. Todos ellos seguidos de algún que otro raro más o menos desconocido, como Witold Gombrowicz y su Curso de filosofía en seis horas y cuarto, Néstor Sánchez Nosotros dosCarlos Correas y su brutal novela Los jóvenes, el citado Osvaldo Lamborghini con El FiordWolfgang Koeppen y sus extrañas Anotaciones de Jakob Littner desde un agujero bajo tierra.

Pero nadie está dispuesto a quedarse en la calle al pie de una ventana iluminada desde la que se proyectan risas, llantos, música y gemidos. De modo que ni  W. G. Sebald, ni Henry-David Thoreau, ni Thomas Bernhard, ni Samanta Schweblin, ni Álvaro Enrigue, ni Juan Eduardo Zúñiga, ni Max Brod, ni Valeria Luiselli, ni David Shields quisieron perderse detalle de lo que se cocinaba en estos parajes. Hasta Años Nuevo y Carnaval celebraron a mi costa, sin que yo pudiera ni siquiera pronunciarme en contra o a favor. Se atrevieron incluso, con todo el arrojo que puede atribuírsele a un escritor, a invitar sin mi consentimiento a pintores como Giorgio Morandi, fotógrafos como Luigi Ghirri, cineastas tan dispares como Ben Wheatley o Philip Gröning, y ensayistas de verbo incontinente como Mario Aznar.

Hay que decir también que no actuaron solos. Hubo cómplices que sin tapujo alguno colaboraron para llevar a buen fin la ocupación progresiva del blog por parte de escritores de todo género y condición, hombres y mujeres, ensayistas y narradores, filósofos y novelistas, así como de editoriales grandes y pequeñas, de uno y otro lado del Atlántico, como Anagrama, Corregidor, Wunderkammer, Seix Barral, Elba, Caja Negra, Círculo de Tiza, Mondadori, Adriana Hidalgo, Sexto Piso, Tusquets, Nórdica, Errata naturae o Libros del asteroide.

Algunos de estos cómplices tienen nombre propio, como María Ayete Gil y Elena J. Gomariz, que colaron en la fiesta a Sara Mesa y a Julio Fajardo, por un lado, y a Antonio Orejudo y a la sombra de David Foster Wallace, por otro.

Otros compañeros de fechorías, más discretos y multiplicados, son los lectores. Por ellos especialmente reproduzco esta misiva que acabo de recibir del mismísimo Macedonio Fernández. La generosa dedicatoria que el maestro Macedonio ha concedido a nuestro blog quiero hacerla extensible, aquí y ahora, a todos los lectores salteados que por una casual desdicha han tenido a bien perderse entre tanto escritor y tanto título y tanta crítica.

Gracias.

 

AL LECTOR SALTEADO

Confío en que no tendré lector seguido. Sería el que puede causar mi fracaso y despojarme de la celebridad que más o menos zurdamente procuro escamotear para alguno de mis personajes. Y eso de fracasar es un luicimiento que no sienta a la edad.

Al lector salteado me acojo. He aquí que leíste toda mi novela sin saberlo, te tornaste lector seguido e insabido al contártelo todo dispersamente y antes de la novela. El lector salteado es el más expuesto conmigo a leer seguido.

Quise distraerte, no quise corregirte, porque al contrario eres el lector sabio, pues que practicas el entreleer que es lo que más fuerte impresión labra, conforme a mi teoría de que los personajes y los sucesos sólo insinuados, hábilmente truncos, son los que más quedan en la memoria.

Te dedico mi novela, Lector Salteado; me agradecerás una sensación nueva: el leer seguido. Al contrario, el lector seguido tendrá la sensación de una nueva manera de saltear: la de seguir al autor que salta.

 

De Museo de la Novela de la Eterna (primera novela buena)

Macedonio Fernández

Martes de carnaval (el escritor y la máscara)

Desbarros

Hoy es martes (13) de carnaval.

Mucho se ha dicho sobre los escritores: mentirosos, impostores, falsos, desdoblados… ¿Pero quién podría decir de un escritor si lleva máscara o no? ¿Cuáles caminan disfrazados? ¿Cuándo están en su propia piel y cuándo en la de otro? ¿Cuándo estamos nosotros en la piel del escritor?

 

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Arthur Conan Doyle vestido de Asterix

 

Duchamp disfrazado de mujer

La mujer-Duchamp

 

El capitán Carlos Barral

El capitán Carlos Barral

 

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Hugo Ball disfrazado de…

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Un sombrero de pescador disfrazado de Pablo Neruda

 

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Susan Sontag en la piel de un osito de peluche

 

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Nietzsche, soldado del ejército prusiano

 

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Jorge Luis Borges enmascarado

 

Cortázar y Gabriel García Márquez

Cortázar, devorador de ‘nobeles’ colombianos

 

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Joyce Carol Oates caracterizada como Emily Dickinson

 

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Franz Kafka disfrazado de persona normal

 

Oscar Wilde de griego

Oscar Wilde vestido de “griego”

 

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Francis Scott Fitzgeral disfrazado de mujer

 

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Truman Capote en la piel de Baco

 

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Por la izquierda: García Lorca, tres desconocidos (por mi), y Luis Buñuel

 

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Salvador Dalí caracterizado como Salvador Dalí

Hambre de realidad, David Shields (píldora #3)

Crítica, Ensayo

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Este es un ensayo con el que entusiasmarse, y no solo por el buen gusto de la editorial Círculo de Tiza. Es un ensayo con el que identificarse fervorosamente y al mismo tiempo estar en completo desacuerdo. David Shields teje en Hambre de realidad (2015; publicado en inglés en 2010) un complejo e inspirado tapiz en el que se van uniendo con mimo los puntos de fuga del estado actual de la (conciencia) poética, del arte contemporáneo, de la literatura y de su confluencia en este incomunicado mundo de las comunicaciones. Bajo la forma de un manifiesto (colectivo; generacional, incluso), Shields propone una sugestiva radiografía de la nueva estética: las nuevas formas de mirar, leer y escuchar que la tecnología y los deicidios históricos de la novela o el arte han propiciado para nuestros días.

Para completar este viaje alucinado por la “rabiosa actualidad” recomiendo los ensayos de Kenneth Goldsmith reunidos en Escritura no-creativa (2015, Caja Negra), o, aunque no tengan nada que ver, los grandiosos, excelentes, fabulosos y extraordinarios ensayos literarios de Giorgio Manganelli compilados en La literatura como mentira, que la editorial Dioptrías publicó en 2014 en traducción de Mariagiovanna Lauretta. También merece un pecado el librito de Jean-Yves Jouannais Artistas sin obra (2014, Acantilado).

La parte soñada, Rodrigo Fresán

Crítica, Entrelíneas

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Es un placer volver a habitar las páginas de la revista Vísperas. Esta vez con una lectura de la novela La parte soñada (Random House, 2017), del argentino Rodrigo Fresán, de quien ya reseñamos en este blog La velocidad de las cosas (1998).

 

La parte soñada es un libro imponente, que infunde respeto, miedo y asombro a partes iguales. Me atrevo a decir incluso que intimida ya desde su dilatada extensión o desde la imagen inquietante y algo enigmática de su portada: una especia de muñeco de hojalata, orondo y sonrosado, que porta en una mano un osito de peluche amarillo y en la otra un candil dorado y una desproporcionada maleta con una llave para darle cuerda indefinidamente.

Leer más.

Pájaros en la boca y otros cuentos, Samanta Schweblin (píldora #2)

-200º, Crítica

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Menos mal que existe la escritora argentina Samanta Schweblin. Menos mal que existe, al menos, su voz literaria, tan dura pero tan serpenteante, tan llena de matices e inflexiones, tan fresca. Pájaros en la boca es un libro de cuentos que Lumen publicó en 2009 pero que el sello Literatura Random House ha reeditado afortunadamente este año, junto a otros relatos que no encontramos en el volumen original.

Resumir un cuento es tarea de idiotas. Así que hablaré de ecos de Rulfo y de Cortázar, ecos de Flannery O’Connor y de Bioy Casares. Son todos ecos un poco mudos, pues no acallan ni de lejos la voz de Schweblin, que resuena como un gran diluvio que se ha estado esperando durante años, bailando y bailando como un jefe cherokee.

Su primer libro de cuentos, El núcleo del disturbio (2002) está desaparecido en combate. En cambio, en 2014 Random House puso en nuestras manos la primera novela de SchweblinDistancia de rescate, que bien merece más de una lectura. Para los caprichosos, la editorial Páginas de espuma ha editado este año La respiración cavernaria un cuento de la autora ilustrado a toda página con las pinturas de Duna Rolando. Para caprichosos de otro tipo: Borges: el laberinto infinito (2017, Norma), el cómic sobre el autor de Ficciones que han esculpido caprichosamente Nicolás Castell y Oscar Pantoja.

Zama, Antonio Di Benedetto

Crítica, Entrelíneas
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Antes de que estrenen en España la prometedora adaptación cinematográfica que ha dirigido Lucrecia Martel de Zama, la extraordinaria novela de Antonio di Benedetto, leed, por favor, el texto del autor argentino.
La editorial Adriana Hidalgo lo ha vuelto a hornear este mismo año, así que no hay excusas. Leed Zama (1956) y también todo lo que encontréis de Di Benedetto en bibliotecas, librerías, bases de datos. Descubridlo, devorádlo, disfrutadlo.
La edición de 2017 lleva en la portada una fotografía del actor Daniel Giménez Cacho en su papel de Diego de Zama, pero nunca -o casi nunca- me han gustado las “portadas de película”.

Los muertos, Jorge Carrión (píldora #1)

Crítica, Entrelíneas

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Los muertos, Jorge Carrión

2014, Galaxia Gutenberg

El gran descubrimiento. Blade runner Los soprano están bien, puede que Blade runner 2049 también lo esté, pero el mundo no será justo mientras la gente siga postergando la lectura de esta novela. Se trata de un experimento literario formidable, ambicioso, con una estética que bebe de los videojuegos, las series de televisión y el mejor cine de ciencia-ficción. Carrión consigue lo imposible: fusionar la reflexión existencial y la acción, la distopía y (boom!) la crítica literaria. Por supuesto, su escritura es brutal.

Aunque Los muertos vio la luz en 2010 (Mondadori), el mundo no estaba listo para su llegada y recientemente Galaxia Gutenberg ha editado, además de esta novela, Los huérfanos (2014), Los turistas (2015) y Los difuntos (2015), cerrando así esta suerte de saga que aún está por ver si se titulará Las huellas o Tetralogía de un nuevo siglo.

Como ensayista, Carrión también merece mucho la pena. Ya que el cauteloso lector no me conoce y no tiene por qué fiarse de mí, sugiero una hojeada a alguno de sus varios “libros de viajes”, a la edición aumentada de Librerías que acaba de editar Anagrama, o al reciente Barcelona. Libro de los pasajes (2017, Galaxia Gutenberg).