Cuatro por cuatro, Sara Mesa (por Maria Ayete Gil)

Crítica, Entrelíneas

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Para el emblemático y omnipresente Michel Foucault, el poder es una relación de fuerzas inmanente a todo sistema social, un atributo inherente al hombre que recorre todos y cada uno de los resquicios de la vida en sociedad. Utópico es tratar de encontrar su núcleo, dado que, cual ente tentacular, el poder permea la totalidad del habitus humano provocando una desencialización tal que impide su localización en un centro desde el cual nace o se ejerce. Con esta difuminación del poder se anula todo corte de raíz posible, algo que expulsa al hombre hacia un campo estratégico preestablecido en donde no le queda otra que desenvolverse entablando sus microluchas particulares.

El porqué de empezar estos breves apuntes sobre Cuatro por cuatro (2012) con tales reflexiones del filósofo francés tiene fácil respuesta: porque si hay algo sobre lo que indague la mejor novela hasta el momento, a juicio de quien esto escribe, de Sara Mesa (Madrid, 1976), es precisamente sobre el poder y sus relaciones en un espacio institucional, en este caso educativo, cerrado sobre sí mismo. ¿Qué es interesante de la novela aparte de esto? Todo: desde su estructura hasta su estilo, pasando por sus múltiples focalizaciones y variedad de personajes. Pero vayamos por partes.

Cuatro por cuatro narra la vida en un colegio internado de élite aislado de la sociedad. En él habitan alumnos pudientes junto a estudiantes becados, cuyos padres trabajan en labores varias dentro del recinto. Junto a ellos, un elenco de profesores y dirigentes patrullan el lugar. La novela está dividida en dos partes más un epílogo. En la primera de ellas, el lector se acerca a la rutina del centro de la mano del personaje de Celia, estudiante becada insatisfecha con el colich, y de Ignacio, niño de familia adinerada, cojo, débil y afeminado. La brevedad de los capítulos que constituyen esta primera mitad dota de gran dinamismo a la novela, cuya narración focaliza a veces la subjetividad de Celia y, otras, una fría voz de carácter omnisciente. Esta sección concede al lector una visión parcial de lo que sucede en el colegio, visión que se completa con la segunda parte del texto, escrita en forma de diario íntimo por un profesor sustituto que irrumpe a  mitad de curso en la vida de la escuela, y gracias a la que llegamos a hilar las insinuaciones, los secretos y los silencios que han poblado el texto desde su inicio. Finalmente, el epílogo lo constituyen unos papeles del profesor al que viene a sustituir el diarista, formados por una serie de fragmentos que conforman la historia de una ciudad en cuyo subsuelo residen niños y niñas encerrados en pequeñas celdas. Héroes y mercenarios es el título de dicha historia, alegoría de la vida en el colegio, broche de oro a las dos partes anteriores y jarro de agua fría para un horrorizado lector al que no puede caberle duda alguna, llegado a ese punto, del funcionamiento interno de la institución.

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De Chirico, “La matinée angoissante”, 1912

Basándose en los pares dicotómicos interior-exterior y escuela-mundo, sobre los que pivota continuamente el texto, la novela de Mesa indaga acerca de las relaciones de poder que se llevan a cabo en todos aquellos lugares que, valiéndose de un discurso manipulado sobre los peligros del exterior, terminan creando monstruos en su interior. Pero este poder no es un poder unidireccional (sería simple y demasiado obvio el poder ejercido desde la cúpula hacia abajo), sino que se trata de unas relaciones de fuerza que funcionan tanto vertical como horizontalmente, que juegan con lo visible y con lo invisible, con lo discreto y con lo indiscreto, formando un panoptismo que anula toda posibilidad de resistencia y lucha, lo que deja a los sujetos ante dos posibilidades: o bien participar de los privilegios del sistema, y lo que ello supone, o bien perecer. El microcosmos creado por Mesa es un universo atravesado y configurado por relaciones de poder tan profundas y engarzadas entre ellas que cualquier movimiento de los sujetos en el campo resulta en la perpetuación de la degeneración y deshumanización de un poder llevado al límite.

Pero Cuatro por cuatro no se acaba ahí: las diferencias de clase, la corrupción, la impostura, la vigilancia y el silencio son elementos que juegan un papel fundamental en el texto, sobre el que no sólo es posible, sino imperativo, deducir una sutil –que no por ello edulcorada– crítica a las políticas de esta última década, a las desigualdades sociales a las que han conducido y a las organizaciones e individuos que se han beneficiado de la situación a costa de los más desfavorecidos.

Si a todo esto le añadimos un excelente manejo del idioma, un estilo impoluto, alejado de largas parrafadas, huecas digresiones y demás parafernalias; es decir, un lenguaje caracterizado por una concisión que ralla la extenuación, al que ni le sobra ni le falta absolutamente nada, nos topamos con una bomba literaria de una calidad a todas luces innegable. Una técnica a la que le bastan tres palabras para describir una atmósfera que nos pone los pelos de punta, que nos incomoda hasta el extremo, que nos sacude y repele pero que nos insta a seguir leyendo. Pero a seguir leyendo con nuevos ojos, con los ojos de un lector que, desasosegado, pasa página tras página tratando de escudarse en lo ficcional de ese ajeno relato porque cree intuir, porque algo le suena, porque percibe cierta familiaridad en lo sórdido, lascivo y enviciado de unos personajes y de un espacio que lo impulsan a verse las caras, una y otra vez, con una descarada ficción que es muy, pero que muy real.

María Ayete Gil

mayete@uwm.edu

Mac y su contratiempo, Enrique Vila-Matas

Crítica, Entrelíneas

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La revista de crítica literaria  Vísperas da voz en esta ocasión a nuestra reseña del último libro de Enrique Vila-MatasMac y su contratiempo (2017), recién editado por Seix Barral.

Este autor, que ya se ha enfrentado en otras ocasiones al vértigo de lo desconocido, lo hace ahora con el valor y la calidad de quien, como decía Bolaño, se sabe derrotado de antemano y aun así sale a pelear.

[…]

Sin renunciar al juego de imposturas y referencias cruzadas que algunos pueden esperar —y otros temer— en la obra de Enrique Vila-Matas, Mac y su contratiempo parece escrito con la conciencia limpia y desnuda de quien está en paz consigo mismo y con el devenir de su escritura.

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80 años con Pizarnik

Crítica, Desbarros

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De los Diarios de Alejandra Pizarnik

10 de febrero [1958]
No vivir, ahora que la vida me tiende la vida, es extraño. Pero voy a confesar la verdad, la confesaré aunque me tenga que morir llorando, diré la verdad, que es ésta: yo no quiero vivir, yo quiero un interés obsesivo por dos cosas: los libros y mi poesía.

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EL DESPERTAR (de Las aventuras perdidas, 1958)

a León Ostrov

Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
y se ha volado
y mi corazón está loco
porque aúlla a la muerte
y sonríe detrás del viento
a mis delirios

Qué haré con el miedo
Qué haré con el miedo

Ya no baila la luz en mi sonrisa
ni las estaciones queman palomas en mis ideas
Mis manos se han desnudado
y se han ido donde la muerte
enseña a vivir a los muertos

Señor
El aire me castiga el ser
Detrás del aire hay mounstros
que beben de mi sangre

Es el desastre
Es la hora del vacío no vacío
Es el instante de poner cerrojo a los labios
oír a los condenados gritar
contemplar a cada uno de mis nombres
ahorcados en la nada.

Señor
Tengo veinte años
También mis ojos tienen veinte años
y sin embargo no dicen nada

Señor
He consumado mi vida en un instante
La última inocencia estalló
Ahora es nunca o jamás
o simplemente fue

¿Còmo no me suicido frente a un espejo
y desaparezco para reaparecer en el mar
donde un gran barco me esperaría
con las luces encendidas?

¿Cómo no me extraigo las venas
y hago con ellas una escala
para huir al otro lado de la noche?

El principio ha dado a luz el final
Todo continuará igual
Las sonrisas gastadas
El interés interesado
Las preguntas de piedra en piedra
Las gesticulaciones que remedan amor
Todo continuará igual

Pero mis brazos insisten en abrazar al mundo
porque aún no les enseñaron
que ya es demasiado tarde

Señor
Arroja los féretros de mi sangre

Recuerdo mi niñez
cuando yo era una anciana
Las flores morían en mis manos
porque la danza salvaje de la alegría
les destruía el corazón

Recuerdo las negras mañanas de sol
cuando era niña
es decir ayer
es decir hace siglos

Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
y ha devorado mis esperanzas

Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
Qué haré con el miedo

El arte de la fuga, Sergio Pitol

Crítica

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Sergio Pitol nació en Puebla, México, en 1933. Además de su obra narrativa, Pitol es padre de varias traducciones del inglés de autores clásicos como Joseph Conrad, Lewis Carroll o Jane Austen. Como Borges, Segio Pitol parece haberlo leído todo, pero es que, además, también parece haberlo vivido todo.

En 2005, la editorial Anagrama publicó una suerte de antología titulada Los mejores cuentos. El volumen contaba con una presentación de Enrique Vila-Matas, quien en diversas ocasiones ha reconocido al autor mexicano como su maestro. Estos cuentos reunidos han auspiciado, sin duda, una mejor recepción -al menos en España- de la obra de Pitol, quien también se ha visto favorecido por el aumento progresivo del reconocimiento que crítica y público vienen otorgando, desde hace ya algunos años, al autor de Bartleby y compañía (2000).

La obra literaria de Pitol es abundante y está repleta de títulos extraordinarios. A pesar de las numerosas distinciones que se le han dedicado -el Premio Juan Rulfo y el Premio Herralde de Novela, entre otras- Pitol sigue siendo un escritor de minorías. Admirado por muchos y obviado por otros, Pitol representa lo mejor de la literatura contemporánea escrita en español. En su obra, el sentido del humor, la poesía de lo cotidiano y la cotidianidad de la Poesía (léase pintura, música, cine…) hacen de red sobre la que saltar a ciegas.

Probablemente, la mejor expresión de esta manera de hacer sean sus ficciones ensayísticas, o sus ensayos biográficos, o sus crónicas literarias de viajes. Da lo mismo. Los géneros son etiquetas y, como tal, cambian con el tiempo y en relación al grupo social que decidió ponerlas. En cualquier caso, de esta modalidad de escritura son maravillosos ejemplos -recientes- El viaje (2000), El mago de Viena  (2005) o el libro que nos ocupa, El arte de la fuga (1996).  No en vano, en el año 2007 estas tres obras pasaron a conformar un único libro bajo el título de Trilogía de la memoria.

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El arte de la fuga es un libro inclasificable. Memoria, ensayo, novela, libro de viajes imposibles y atomizados entre Siena, Roma, Varsovia, Praga, Venecia, Barcelona y Chiapas… Viajes en el espacio y en el tiempo (en el tiempo de la historia y en el espacio de la memoria). Viajes a través de callejones, sótanos, cafés y trattorie que urbanizan y enloquecen el espíritu.

Pitol derrocha inteligencia y generosidad al narrar sus recuerdos y dibujar para el lector un pasado hermoso y cautivador. Sin embargo, rechaza la opción de apelar únicamente a la mirada nostálgica de la retrospección. Al contrario, el escritor nos abre su mochila de viaje: la que ha portado durante tantos años de escritura y de labor diplomática, llenándola de experiencias enriquecedoras que en muchas ocasiones derivan de su amor por la pintura, por la conversación, por el paseo.

Uno, me aventuro, es los libros que ha leído, la pintura que ha visto, la música escuchada y olvidada, las calles recorridas. Uno es su niñez, su familia, unos cuantos amigos, algunos amores, bastantes fastidios. Uno es una suma mermada por infinitas restas.

El libro comienza con un narrador que cree haber perdido sus gafas y se mueve por Venecia contemplando un presente borroso, impresionista, en el que todas las paredes y todos los rostros se deben a la paleta de colores de un Tiziano, un Tintoretto o un Veronese. Qué hermosa puede ser una vida miope… Y qué gran metáfora puede ser la miopía para hablar de un tiempo lejano y, por tanto, un poco extraño, difuminado, como vivido por alguien que no eres tú.

El optimismo y la vitalidad son quizá las claves para entender esta obra estructuralmente fragmentaria, pero cuya unidad, sin embargo, es indudable. El libro se divide en cuatro apartados titulados “Memoria”, “Escritura”, “Lectura” y “Final” (Viaje a Chiapas). De tal modo que la admiración por todo lo que hay de interesante y de hermoso en el mundo, la actividad creadora, el homenaje a autores universales y la idea del desplazamiento como detonante de cambios y favorecedora del entendimiento más lúcido confluyen en El arte de la fuga.

La memoria trabaja con la misma lógica oblicua y rebelde de los sueños. Hurga en los pozos ocultos y de ellos extrae visiones que, a diferencia de las de los sueños, son casi siempre placenteras. La memoria puede, a voluntad de su poseedor, teñirse de nostalgia, y la nostalgia sólo por excepción produce monstruos. La nostalgia vive de las galas de un pasado confrontado a un presente carente de atractivos. Su figura ideal es el oxímoron: convoca incidentes contradictorios, los entrevera, llega a sumarlos, ordena desordenadamente el caos.

Aunque la fuga es siempre -y al mismo tiempo- física, intelectual y emocional, en este caso particular la polifonía musical de la fuga barroca es lo que posibilita el encuentro contrapuntístico de ideas y temas tan variados. “Un novelista es alguien que oye voces a través de las voces”, ha escrito Sergio Pitol en este libro. En ese caso -y sólo en ese caso- El arte de la fuga es una novela, la mejor de las novelas posibles, donde vida y literatura se abrazan sin enfrentamientos, con serenidad e inteligencia en una conversación de infinitas voces.

No es de extrañar que Pitol confiese haber disfrutado la lectura de alguien como Bajtin.

En uno de los textos centrales del libro, titulado ¿Un Ars Poetica?, leemos:

Recibí una invitación para asistir a la bienal de Narradores de Mérida, Venezuela, donde cada uno de los participantes debía exponer su propio concepto de Ars Poetica. Viví en el terror durante semanas. ¿Qué podría decir al respecto? A lo más que podría llegar, sospechaba, sería a bosquejar un Ars Combinatoria; más modestamente, a enumerar ciertos temas y circunstancias que de alguna manera definen mi escritura.

Contradiciendo su natural modestia, El arte de la fuga puede ser leído, de algún modo, como la realización de esa conferencia en Venezuela, como la puesta en práctica de una de las poéticas más personales e interesantes de la literatura escrita en español.

 

Se vende cultura. Razón: portería

Desbarros

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Ayer domingo, la revista Borrador publicaba nuestro artículo “Se vende cultura. Razón: portería”, sobre la banalización de la cultura, la falta de sentido crítico y las posibilidades (o imposibilidades) de encontrar un nuevo rumbo a esta situación:

Nuestro presente, en el que la búsqueda de la felicidad se ha convertido en una cuestión obligada, ha elegido la consolidación de una satisfacción permanente e inamovible como uno de sus objetivos programáticos. El hombre unidimensional que criticaba Marcuse es hoy, además, un hombre contento, que no se queja, que no protesta; un participante más de esa “industria de la felicidad” que ha estudiado William Davies y en la que todos, voluntaria o involuntariamente, estamos felizmente incluidos.

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Misión del ágrafo, Antonio Valdecantos

-200º, Crítica, Ensayo

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La revista Vísperas acaba de publicar nuestra reseña del extraordinario ensayo Misión del ágrafo (2016), de Antonio Valdecantos.

Misión del ágrafo devuelve al género de las ideas la elegancia y la precisión de la prosa, la generosidad de la reflexión y el más fino sentido del humor. (…) Este es un ensayo literario, no sólo por su temática, sino también porque la poesía y la preocupación estética se abren paso suavemente entre los conceptos teóricos y la erudición de más alto nivel.

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Las inciertas pasiones de Iván Turguéniev, Juan Eduardo Zúñiga

Crítica, Ensayo

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El último Premio Nacional de las Letras Españolas es un chico que promete. Se llama Juan Eduardo Zúñiga y nació, a merced de las distintas versiones que pululan por ahí, en 1919 o 1929. Nos inclinamos con toda certeza hacia la primera opción, por mucho que Wikipedia se empeñe en lo contrario y que en otras fuentes pueda leerse incluso el año 1927. Sea como fuere, Zúñiga es ya un señor hecho y derecho que sigue tanto o más vivo que su literatura, aunque algunos esperen lo contrario para rendirle justo homenaje.

Como sabrán, cuando se habla de Juan Eduardo Zúñiga se ha vuelto un lugar común hacer mención de su rostro enjuto y de su barba, que juntos le dotan de un aire tan quijotesco. Sin embargo, de nada sirve repetir la imagen de postal de uno de nuestros mejores cuentistas, si no advertimos que la figura que posa con pudor y reticencia ante los fotógrafos, que descansa sobre un sillón o que se recorta sobre el fondo de su extraordinaria biblioteca, es el reflejo de un escritor de sólidos principios. Y esto Zúñiga lo ha sabido trasladar a su prosa constante, trabajada y exigente, con la que aún hoy mantiene un pulso en la redacción de sus Memorias íntimas.

Zúñiga, escritor reservado y tenaz, poco dado a las apariciones públicas pero muy respetado por la crítica, nació en Madrid hace ya algún tiempo, como predestinado a vivir el violento fulgor de una Guerra Civil que marcaría profundamente su vida y su obra. En 1949 vio publicado su primer relato, “Marbec y el ramo de lilas”, en la revista Ínsula, y en 1951 su primera novela corta: Inútiles totales.

Escribió relatos y tradujo y estudió a autores rusos y portugueses durante toda su vida, pero por caprichos de la Historia no fue hasta 1980 cuando se publicó una de sus más hermosas colecciones de cuentos, Largo noviembre de Madrid, donde trata con la belleza y la precisión de un orfebre el paso funesto de la guerra por la capital española. Con este libro se abre la Trilogía de la Guerra Civil, que continúa con La tierra será un paraíso, de 1989, y se cierra en el año 2003 con Capital de la gloria, merecido Premio Nacional de la Crítica y Premio Salambó.

Zúñiga ha traducido con éxito a autores eslavos como Iván Turguéniev o Peyo Yavorov, y a escritores lusos como Urbano Tavares Rodrigues, Mario Dionisio o Antero de Quental. Asimismo, ha publicado ensayos sobre países como Bulgaria, Hungría y Rumanía, y ha escrito sobre literatura rusa muchos textos críticos que pueden leerse en libros como El anillo de Pushkin, publicado en 1983, o Desde los bosques nevados, de 2010.

Sería pecado no mencionar siquiera su breve novela histórica Flores de plomo (1999), donde se narran con una prosa exquisita los últimos días de vida del periodista Mariano José de Larra, o la última colección de relatos Brillan monedas oxidadas, publicada recientemente, como casi toda su obra, por Galaxia Gutenberg.

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Iván Serguéyevich Turguéniev

Elegir es siempre tan difícil como necesario, por lo que nos detendremos sin más remedio en uno de sus mejores ensayos: Las inciertas pasiones de Iván Turguéniev, publicado por Alfaguara en 1996 (aunque antes había aparecido con el título de Los imposibles afectos de Iván Turguéniev: ensayo biográfico, en Editora Nacional, 1977).

Este libro de tintes biográficos es mucho más que una biografía. Si bien el autor trata de diseñar el retrato vital de uno de los escritores rusos más emblemáticos del siglo XIX, los datos que podrían sumir al texto en un ejercicio historiográfico exento de interés literario ceden su protagonismo al diálogo entre la vida y la obra. Zúñiga presta especial atención a las relaciones que las novelas de Turguéniev mantienen con su compleja experiencia del amor, haciendo aparecer, como la cara de una moneda frotada a lápiz, la semblanza de una de las personalidades más interesantes y atormentadas de la historia de la literatura moderna.  

El primer capítulo, titulado “Los orígenes”, y el último, titulado “Un fin”, encierran sin miramientos la linealidad llena de digresiones que fue la vida de Turguéniev. Los hechos concretos, muy bien documentados, se ven envueltos por el aura interpretativa de una mente privilegiada como la de Zúñiga. De tal modo que la falta de afecto materno que el escritor ruso padeció durante su infancia sirve a nuestro autor para generar un lugar de encuentro para el pensamiento y la belleza, donde poder reproducir una profunda conversación entra la vida de Turguéniev, su obra narrativa y la extraña y compleja relación que siempre mantuvo con las mujeres, especialmente con la cantante de origen español Paulina García, a cuya “incierta pasión” debe su entereza el título de este libro.

Podemos pensar entonces que la definición de lo biográfico dependerá, en primer lugar, de la idea que el autor tenga de la vida. ¿Qué fue la vida para Turguéniev? ¿Qué es la vida para Juan Eduardo Zúñiga? La respuesta a esta pregunta imposible no está en nuestras manos, pero, desde luego, “vida” para Zúñiga es memoria y escritura. Decir esto es decir demasiado y también demasiado poco, aunque al mismo tiempo es arriesgar una explicación de por qué este ensayo puede leerse como una biografía y como una novela. Leerlo a un tiempo como ambas cosas es nuestra propuesta.

En una ocasión, Zúñiga declaró que, siendo niño, por debajo de la puerta de la casa familiar vio aparecer el folleto de una editorial que se anunciaba con una novela. Lo cogió y descubrió que se trataba de Nido de nobles, de Iván Turguéniev. En aquel momento, Zúñiga creyó haber descubierto el mundo de los adultos. No es de extrañar, entonces, que en este libro sobre el escritor ruso se mezclen los datos históricos (incluye notas y una bibliografía básica), las referencias literarias y el magma ineludible de los sentimientos. No sería de extrañar tampoco que este libro fuese, como Nido de nobles para su autor, nuestra manera de descubrir el mundo de los adultos, el mundo de la gran literatura, o, en otras palabras, el mundo literario de Juan Eduardo Zúñiga.

Amras, Thomas Bernhard

-200º, Crítica

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Qui parle donc? Se pregunta Maurice Blanchot con una fórmula que reaparecerá como un fantasma (el de la escritura) en diversos pasajes de su obra crítica. ¿Quién habla ahí? ¿De quién es la voz que susurra mientras leemos? La voz del autor, la voz del lector, mi propia voz… Esta sucesión de efímeras respuestas no es suficiente. ¿Acaso tengo una voz propia, única, irrepetible? ¿Sólo tengo una voz? ¿Acaso tenemos voz?

Cuando el torbellino de preguntas sin respuesta se vuelve insoportable y los signos de interrogación se confunden con las paredes de un cuarto de pesadilla, aparece una figura fundamental de la literatura europea contemporánea: Thomas Bernhard.

Bernhard, que muchos conocen, que algunos leen y que a pocos agrada –su lectura no es, no puede ser, agradable– nació en Heerlen, ciudad de los Países Bajos, en 1931. En su obra pueden rastrearse las huellas de una infancia pobre, carente de afecto y de buena salud. Criado en distintas zonas de Austria, Bernhard estudió en el Mozarteum de Salzburgo entre 1955 y 1957, de donde proviene, por influencia del abuelo materno Johannes Freumbichler, su definitiva formación musical y dramática. Poco antes había pasado una temporada de reclusión en el sanatorio Grafenhof por culpa de una enfermedad pulmonar crónica que lo acompañaría hasta su muerte en 1989. Entre otras cosas, a este escritor debemos una muerte callada, un funeral secreto y un legado literario que se encuentra entre los más personales y complejos de nuestra historia reciente. 

Uno no puede entender lo que significa hoy la literatura (ni la vida, para quien guste de tan ingenuas distinciones) sin haberse acercado a los textos de Bernhard. Su literatura es la encarnación de esa brecha por la que desde hace tiempo se desangra el equilibrio racional ilustrado, con sus valores absolutos y su lenguaje iluminador y organizador del mundo.

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Thomas Bernhard (Copyright de Michael Horowitz)

Bernhard es autor de obras magistrales como la novela Helada, de 1963, donde se narra la convivencia de un estudiante de medicina y un artista enloquecido, aislados los dos en un pueblo austriaco que vive sumido en una helada perpetua, o los textos que componen su “saga autobiográfica”: El origen, El sótano, El aliento, El frío y Un niño, escritos entre finales de la década de 1960 y principios de los ’80.

Luego está Amras,  una obra maestra que nos regala la perfección de lo informe, de la caótica meticulosidad con que debe estar diseñado el infierno. Aunque fue publicada originalmente en 1964, no será hasta 1987, poco antes de la muerte de Bernhard, cuando la editorial Alianza nos ofrezca la que quizá es la obra más oscura y genial de su autor (traducida magistralmente al español, como toda su obra, por Miguel Sáenz).

Thomas Bernhard es una mente privilegiada que, encarnada en el cuerpo de un hombre herido, ha vivido con especial sensibilidad crítica la barbarie del nazismo, la mediocridad del “mundillo” artístico de ciudades como Viena y Salzburgo, y el sucederse de demasiados proyectos redentores que no llegaron a ninguna parte. La irritación y el dolor visten de gala su escritura, pero casi siempre lo hacen bajo las máscaras del humor negro y la ironía más corrosiva.

Respecto de esto último, Amras representa seguramente la excepción que confirma la regla. Esta novela breve que apenas da tiempo a leer de tan corta, narra la historia de dos hermanos sobrevivientes (por error) de un suicidio colectivo que los padres sí consumarán con éxito. Esto traerá consecuencias en forma de dudas, arrepentimientos, rechazos, rencores, alivios, perdones… No he desvelado nada de la trama y sin embargo el botón del detonador ya ha sido pulsado.

Una vida que no quiere ser vivida, en una sociedad moralista que no comprende, que no quiere comprender. La angustia vital de Bernhard se abre paso a empujones hacia el núcleo de la novela, que la acoge como al más arrepentido de los hijos pródigos. Y el lenguaje -un lenguaje entrecortado, fragmentado, disfuncional, impotente- dibuja la mueca de la demencia, de la locura que es, en este caso, símbolo de una lucidez desorbitada y sublime. Lo que está por encima del lenguaje y de la razón, lo que está debajo de la piel y de la escritura; todo lo que está antes y después de la palabra, es Amras. 

Seguramente, ésta no es esa “novela para regalar” que ya muchos esperan, dadas las fechas que algunos escaparates se apresuran a presentizar. Habrá tiempo para eso. Mientras tanto, vamos a leer Amras, a seguir poniéndonos a prueba y a continuar abriendo los ojos, cada vez más, cada vez mejor, con un estilo que inquieta, una historia que conmueve y unos personajes que son como el Föhn (ese viento cálido del sur que azota la razón y la deforma)…

La grandeza y la miseria de una existencia -dos existencias: la del narrador K. M. y su hermano Walter- cosida a las páginas de una novela corta, con sus narraciones quebradas y esas frases que Walter anota y que tanto duele leer (porque son nuestras; porque nosotros colaboramos, sin saberlo o habiéndolo olvidado ya, en el trazo de tantas y tan pocas palabras).

Como esa frase que dice:

“Yo soy el límite, continuamente, la muerte”.

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Francis Bacon, “George Dyer Riding a Bicycle”, 1966