Yonquis de las letras, Jorge Comensal

-200º, Crítica, Ensayo

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Hace unos años que venimos disfrutado de la colección de ensayo breve de la editorial La Huerta Grande, pero hasta ahora ninguno de estos títulos se había inscrito en la tradición del ensayo con mayúsculas con tanta fuerza como Yonquis de las letras (2017), de Jorge Comensal. Tras una portada austera y un formato limpio, el autor mexicano dispara una bala de cañón con este texto inteligente, certero y divertido.

Como el padre de los Ensayos, Jorge Comensal utiliza al texto como pretexto para narrar las peripecias del sujeto, o al sujeto como pretexto para narrar las peripecias del texto: «el ensayo como acto de narcisismo caníbal», ha escrito el propio Comensal. En cualquier caso, este libro elabora la idea central de la adicción literaria por acumulación de experiencias propias o ajenas, verdaderas o apócrifas –qué importa–, para ofrecer un catálogo materialmente breve, pero virtualmente infinito, de casos y causas de dependencia de la letra impresa. Una dependencia de la que ya nos advierten las primeras palabras del libro:

 

De todos los apetitos, leer es el más tramposo. Parece una costumbre inofensiva, pero tiene sus peligros y locuras, excesos y trastornos. Opio, bingo, sexo, tabaco, Biblia, marihuana… Los libros también enganchan la vida a su consumo.

 

De figuras ya conocidas por todos, como Don Quijote o Madame Bovary, a rarezas bibliófilas inenarrables y extraños lectores compulsivos, como Adolf Hitler. Comensal conoce el tema que tiene entre manos, y lo conoce por haber soportado literalmente entre manos aquellos libros que durante años fueron pasto del insomnio, la obsesión y la soledad. Entre páginas que saciarán al más hambriento de referencias librescas y conexiones inauditas, se cuelan íntimas confesiones, guiños privados llenos de ironía, recuerdos más o menos amargos de los que portan consigo la dicha y la desdicha de ser un adicto, un verdadero yonqui de las letras.

 

Por lo pronto reconozco que los excesos me resultan familiares. Mi abuela solía decir «Me gusta la copita» al borde de la congestión alcohólica. Mi padre volvía a casa dando tumbos y me encontraba, como siempre, a solas con un libro. «Estás loco», balbucía. Ninguno de los dos se percataba de cuánto nos parecíamos. Heridos por el mismo fuego, tratábamos de apagarlo con gasolina.

 

Este hecho hace que resulte hermoso y fácil creer en la sintomatología y la casuística que Comensal expone y analiza, como leyendo Opio, de Cocteau, nos dejamos llevar por el olor del humo, el color desdibujado de las alucinaciones y el tacto nebuloso de los almohadones orientales.

 

De vacaciones forzadas en el rancho de un pariente, al calor de una fogata concurrida, un tipo de bigote nietzscheano y cultura paleolítica me preguntó qué quería estudiar cuando fuera a la universidad. «Letras», le respondí con orgullo quinceañero. «Para eso no estudie —me dijo—, que yo se las enseño: a, b, c…». No me ofendió la broma simple sino la carcajada unánime que provocó. Sentí mi soledad elevarse al cuadrado. Para calmarme pensé en Si te dicen que caí de Juan Marsé, la novela que estaba leyendo. En medio del desierto de Coahuila, mi cerebro se fugó a Barcelona con Java y Sarnita; sin ellos el purgatorio de aquellas vacaciones habría sido un infierno. Muchas veces pasó lo mismo. La enfermedad, el luto y el despecho, una adolescencia infame que recuerdo sin odio gracias a los libros. Mi dicha fue con ellos solamente, una vida de mierda con perfume de azahar.

 

«¿Por qué aspiro a leerlo todo?», se pregunta el autor enunciando la clave misma de su libro. Quizá para devolverle a la literatura aquella salvación de infancia, quizá por mero placer, quizá (como hacen la mayoría de fumadores) porque no puede dejarlo. La respuesta es la desgracia de la pregunta, decía Blanchot, y esta duda no puede más que quedar sin solución para que sigamos leyendo, presos de la fiebre y del vicio.

Montaigne, quien sin duda alguna habría disfrutado este texto, escribió en el octavo capítulo de sus Ensayos que la melancolía –afección que aborrecía– lo asaltaba en momentos de tedio y ociosidad sin que pudiera hacer nada para evitarlo, y que fue ese mismo humor melancólico lo que primeramente le metió en la cabeza «el desvarío de empezar a escribir». ¿Qué otro humor es capaz de meternos en la cabeza el desvarío de empezar a leer? ¿Qué humor, si es que existe alguno, es capaz de curarnos ese desvarío?

La melancolía, como la manía, el ataque de nervios o la histeria, son males o afecciones que se mueven en un limbo pre-clínico. Hace tiempo que sabemos que no tienen nada que ver con el color de las secreciones del hígado o con el temple del alma, y, sin embargo, hablar de depresión clínica exige una rotundidad que ciertos caracteres dados al ensimismamiento, la soledad y el silencio no toleran.

La adicción a la lectura, tal y como el autor de este libro la plantea, sobrevuela los campos del delirio, el trastorno, la obsesión, la vasta locura y la humilde timidez. Es un mal inclasificable, siquiera como «mal». Como el «mal de Montano», aquella enfermedad de la literatura ideada por Enrique Vila-Matas en una de sus mejores novelas, cuyas consecuencias sobre quien la padece son que no puede dejar de vivir su vida a través del tamiz de lo literario.

El tema, ya de por sí, es interesante, sobre todo para quien acarrea en su interior, más o menos latente, ese mal de la literatura o de la lectura que tanto bien hace. Un veneno balsámico. Un verdadero pharmakon. Sin embargo, ¿qué mérito tiene disponer ante el humilde lector un tema interesante, más aún si el lector ya cuenta con esa predisposición patológica a disfrutar del tema libresco? Bueno, el mérito ciertamente existe, aunque algunos vean en él un mérito estratégico como el de un experto en marketing y en Big Data. Pero el punto fuerte de Yonkis de las letras no es la elección del tema sino su realización, su formalización.

Un libro que habla de adictos a la lectura o de lectores compulsivos podría haber sido una verdadera chapuza. En cambio, Yonkis de las letras es una apuesta enorme y brutal por la conjunción perfecta de la pasión lectora y el talento literario de su autor. Desde Borges, muchos son los autores que han querido definirse mejores lectores que escritores, en un ejercicio táctico de humildad que libere de algún modo el peso de sus responsabilidades literarias, como queriendo hacer creer a los lectores que la escritura de un poemario, una novela o un ensayo es fruto del azar, o cuando menos una actividad secundaria y lateral respecto de la lectura.

Por el contrario, son pocos los autores que, como Borges, han sabido desmentir y desmontar en la práctica su propia estrategia publicitaria, siendo igual o mejores escritores que lectores. Octavio Paz, Alfonso Reyes y Sergio Pitol –los tres mexicanos– se cuentan entre estos seres excepcionales. También Cervantes –si se me permite–, o el citado Vila-Matas, o Roberto Bolaño, o el propio Jorge Comensal.

No debe ser fácil abordar un texto como este con las expectativas de volverlo legible y, menos aún, ameno y entretenido. Sin embargo, Jorge Comensal lo ha conseguido. El lector que se atreva con Yonquis de las letras no se arrepentirá, y tendrá entre sus manos todo el peso de la literatura, pero con la ligereza y la sencillez –que no simpleza– de un chute de heroína. La sangre hierve –dicen–, los ojos se vuelven –dicen– y el espíritu se adormece –dicen– extasiado en un pasar las páginas sin freno, sin fin, hasta que este ensayo, que te agarra con las zarpas de una buena novela, entra en ti y ya no te abandona.

 

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Al lector salteado, por su segundo aniversario

Desbarros

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El pasado viernes 23 de febrero se cumplió el segundo aniversario de este espacio de páginas erráticas y fronteras imprecisas que llamo lector salteado, y lo que empezó como una broma parece haberse convertido en una broma larga.

Cuando después del lore ipsum de rigor publiqué una reseña de Historia abreviada de la literatura portátilde Enrique Vila-Matas, pensé que ya lo había hecho todo. Había abierto un blog, había publicado una reseña anacrónica, no la había leído nadie: ¿qué más se puede pedir?

Sin embargo, vinieron otras, otras muchas, quizás demasiadas. La pantalla blanca e inmaculada comenzó a poblarse de letras, palabras, comentarios más o menos afortunados, títulos de libros y de películas, nombres de autores, autores enteros que se colaban entre las rendijas de ventilación de mi ordenador, bajo las teclas, abriéndose paso entre los píxeles de la pantalla y el código de una web de nombre incierto y resabios gastronómicos tan lejanos como erróneos: lector salteado.

Me gusta la minúscula. En otros lugares lo he dejado por escrito. Nadie podrá negar que he luchado por ella y que solo he usado mayúscula cuando las circunstancias me han obligado. Pero han sido muchas las veces en que las circunstancias me han obligado. Los escritores, como digo, se colaban en el blog saltando directamente desde mi mesilla de noche, y eso ha hecho que también el blog saltara como un trapecista sobre el abismo de redes sociales que han reescrito y referido su nombre con mayúscula: Lector salteado. En cierto modo, es como si habiendo pasado dos años desde su nacimiento el nombre hubiera crecido y esa letra inicial hubiera ganado en altura y anchura sin remedio alguno. Yo me resigno a que el blog tenga dos nombres, uno con minúscula y otro con mayúscula. Son las dos caras de un mismo ser, Jekyll y Hyde, la cara íntima y esquiva vs. la cara social y amigable.

La culpa la tienen siempre los escritores, que campando a sus anchas en mi blog han conseguido que esto parezca el apartamento de la calle Suipacha de Buenos Aires donde el narrador de aquel cuento de Cortázar vomitaba conejitos blancos como un desquiciado. Conejitos y escritores por todos lados. Cocteau, Duras, Orejudo o Lamborghini fueron de los primeros en llegar, pero entonces ni siquiera intuí que como verdaderos saboteadores abrirían la puerta desde dentro para que entraran otros colegas del gremio: algunos clásicos poco frecuentados, como Giovanni Papini y sus furibundas Cartas del papa Celestino Sexto a los hombres, Giorgio Bassani y su extraordinaria novela La garza, Maxim Gorki y su relato El vagabundo filósofoFernando Pessoa y sus Cartas de amor, Georges BatailleLo imposible, Rubén Darío y Los raros.

Así podía haber terminado todo, pero no. La fiesta se descontroló y entraron algunos gigantes de la literatura hispanoamericana contemporánea, como Sergio Pitol, Roberto BolañoAlan Pauls o Rodrigo Fresán, y algunos representes heterodoxos de la narrativa española actual: Alberto Olmos, Julio Fajardo Herrero, Jesús MarchamaloPhil CaminoJorge Carrión o (de nuevo y siempre) Vila-Matas. Todos ellos seguidos de algún que otro raro más o menos desconocido, como Witold Gombrowicz y su Curso de filosofía en seis horas y cuarto, Néstor Sánchez Nosotros dosCarlos Correas y su brutal novela Los jóvenes, el citado Osvaldo Lamborghini con El FiordWolfgang Koeppen y sus extrañas Anotaciones de Jakob Littner desde un agujero bajo tierra.

Pero nadie está dispuesto a quedarse en la calle al pie de una ventana iluminada desde la que se proyectan risas, llantos, música y gemidos. De modo que ni  W. G. Sebald, ni Henry-David Thoreau, ni Thomas Bernhard, ni Samanta Schweblin, ni Álvaro Enrigue, ni Juan Eduardo Zúñiga, ni Max Brod, ni Valeria Luiselli, ni David Shields quisieron perderse detalle de lo que se cocinaba en estos parajes. Hasta Años Nuevo y Carnaval celebraron a mi costa, sin que yo pudiera ni siquiera pronunciarme en contra o a favor. Se atrevieron incluso, con todo el arrojo que puede atribuírsele a un escritor, a invitar sin mi consentimiento a pintores como Giorgio Morandi, fotógrafos como Luigi Ghirri, cineastas tan dispares como Ben Wheatley o Philip Gröning, y ensayistas de verbo incontinente como Mario Aznar.

Hay que decir también que no actuaron solos. Hubo cómplices que sin tapujo alguno colaboraron para llevar a buen fin la ocupación progresiva del blog por parte de escritores de todo género y condición, hombres y mujeres, ensayistas y narradores, filósofos y novelistas, así como de editoriales grandes y pequeñas, de uno y otro lado del Atlántico, como Anagrama, Corregidor, Wunderkammer, Seix Barral, Elba, Caja Negra, Círculo de Tiza, Mondadori, Adriana Hidalgo, Sexto Piso, Tusquets, Nórdica, Errata naturae o Libros del asteroide.

Algunos de estos cómplices tienen nombre propio, como María Ayete Gil y Elena J. Gomariz, que colaron en la fiesta a Sara Mesa y a Julio Fajardo, por un lado, y a Antonio Orejudo y a la sombra de David Foster Wallace, por otro.

Otros compañeros de fechorías, más discretos y multiplicados, son los lectores. Por ellos especialmente reproduzco esta misiva que acabo de recibir del mismísimo Macedonio Fernández. La generosa dedicatoria que el maestro Macedonio ha concedido a nuestro blog quiero hacerla extensible, aquí y ahora, a todos los lectores salteados que por una casual desdicha han tenido a bien perderse entre tanto escritor y tanto título y tanta crítica.

Gracias.

 

AL LECTOR SALTEADO

Confío en que no tendré lector seguido. Sería el que puede causar mi fracaso y despojarme de la celebridad que más o menos zurdamente procuro escamotear para alguno de mis personajes. Y eso de fracasar es un luicimiento que no sienta a la edad.

Al lector salteado me acojo. He aquí que leíste toda mi novela sin saberlo, te tornaste lector seguido e insabido al contártelo todo dispersamente y antes de la novela. El lector salteado es el más expuesto conmigo a leer seguido.

Quise distraerte, no quise corregirte, porque al contrario eres el lector sabio, pues que practicas el entreleer que es lo que más fuerte impresión labra, conforme a mi teoría de que los personajes y los sucesos sólo insinuados, hábilmente truncos, son los que más quedan en la memoria.

Te dedico mi novela, Lector Salteado; me agradecerás una sensación nueva: el leer seguido. Al contrario, el lector seguido tendrá la sensación de una nueva manera de saltear: la de seguir al autor que salta.

 

De Museo de la Novela de la Eterna (primera novela buena)

Macedonio Fernández

Martes de carnaval (el escritor y la máscara)

Desbarros

Hoy es martes (13) de carnaval.

Mucho se ha dicho sobre los escritores: mentirosos, impostores, falsos, desdoblados… ¿Pero quién podría decir de un escritor si lleva máscara o no? ¿Cuáles caminan disfrazados? ¿Cuándo están en su propia piel y cuándo en la de otro? ¿Cuándo estamos nosotros en la piel del escritor?

 

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Arthur Conan Doyle vestido de Asterix

 

Duchamp disfrazado de mujer

La mujer-Duchamp

 

El capitán Carlos Barral

El capitán Carlos Barral

 

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Hugo Ball disfrazado de…

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Un sombrero de pescador disfrazado de Pablo Neruda

 

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Susan Sontag en la piel de un osito de peluche

 

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Nietzsche, soldado del ejército prusiano

 

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Jorge Luis Borges enmascarado

 

Cortázar y Gabriel García Márquez

Cortázar, devorador de ‘nobeles’ colombianos

 

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Joyce Carol Oates caracterizada como Emily Dickinson

 

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Franz Kafka disfrazado de persona normal

 

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Oscar Wilde vestido de “griego”

 

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Francis Scott Fitzgeral disfrazado de mujer

 

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Truman Capote en la piel de Baco

 

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Por la izquierda: García Lorca, tres desconocidos (por mi), y Luis Buñuel

 

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Salvador Dalí caracterizado como Salvador Dalí

Hambre de realidad, David Shields (píldora #3)

Crítica, Ensayo

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Este es un ensayo con el que entusiasmarse, y no solo por el buen gusto de la editorial Círculo de Tiza. Es un ensayo con el que identificarse fervorosamente y al mismo tiempo estar en completo desacuerdo. David Shields teje en Hambre de realidad (2015; publicado en inglés en 2010) un complejo e inspirado tapiz en el que se van uniendo con mimo los puntos de fuga del estado actual de la (conciencia) poética, del arte contemporáneo, de la literatura y de su confluencia en este incomunicado mundo de las comunicaciones. Bajo la forma de un manifiesto (colectivo; generacional, incluso), Shields propone una sugestiva radiografía de la nueva estética: las nuevas formas de mirar, leer y escuchar que la tecnología y los deicidios históricos de la novela o el arte han propiciado para nuestros días.

Para completar este viaje alucinado por la “rabiosa actualidad” recomiendo los ensayos de Kenneth Goldsmith reunidos en Escritura no-creativa (2015, Caja Negra), o, aunque no tengan nada que ver, los grandiosos, excelentes, fabulosos y extraordinarios ensayos literarios de Giorgio Manganelli compilados en La literatura como mentira, que la editorial Dioptrías publicó en 2014 en traducción de Mariagiovanna Lauretta. También merece un pecado el librito de Jean-Yves Jouannais Artistas sin obra (2014, Acantilado).

La parte soñada, Rodrigo Fresán

Crítica, Entrelíneas

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Es un placer volver a habitar las páginas de la revista Vísperas. Esta vez con una lectura de la novela La parte soñada (Random House, 2017), del argentino Rodrigo Fresán, de quien ya reseñamos en este blog La velocidad de las cosas (1998).

 

La parte soñada es un libro imponente, que infunde respeto, miedo y asombro a partes iguales. Me atrevo a decir incluso que intimida ya desde su dilatada extensión o desde la imagen inquietante y algo enigmática de su portada: una especia de muñeco de hojalata, orondo y sonrosado, que porta en una mano un osito de peluche amarillo y en la otra un candil dorado y una desproporcionada maleta con una llave para darle cuerda indefinidamente.

Leer más.

Pájaros en la boca y otros cuentos, Samanta Schweblin (píldora #2)

-200º, Crítica

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Menos mal que existe la escritora argentina Samanta Schweblin. Menos mal que existe, al menos, su voz literaria, tan dura pero tan serpenteante, tan llena de matices e inflexiones, tan fresca. Pájaros en la boca es un libro de cuentos que Lumen publicó en 2009 pero que el sello Literatura Random House ha reeditado afortunadamente este año, junto a otros relatos que no encontramos en el volumen original.

Resumir un cuento es tarea de idiotas. Así que hablaré de ecos de Rulfo y de Cortázar, ecos de Flannery O’Connor y de Bioy Casares. Son todos ecos un poco mudos, pues no acallan ni de lejos la voz de Schweblin, que resuena como un gran diluvio que se ha estado esperando durante años, bailando y bailando como un jefe cherokee.

Su primer libro de cuentos, El núcleo del disturbio (2002) está desaparecido en combate. En cambio, en 2014 Random House puso en nuestras manos la primera novela de SchweblinDistancia de rescate, que bien merece más de una lectura. Para los caprichosos, la editorial Páginas de espuma ha editado este año La respiración cavernaria un cuento de la autora ilustrado a toda página con las pinturas de Duna Rolando. Para caprichosos de otro tipo: Borges: el laberinto infinito (2017, Norma), el cómic sobre el autor de Ficciones que han esculpido caprichosamente Nicolás Castell y Oscar Pantoja.

Zama, Antonio Di Benedetto

Crítica, Entrelíneas
Zama
Antes de que estrenen en España la prometedora adaptación cinematográfica que ha dirigido Lucrecia Martel de Zama, la extraordinaria novela de Antonio di Benedetto, leed, por favor, el texto del autor argentino.
La editorial Adriana Hidalgo lo ha vuelto a hornear este mismo año, así que no hay excusas. Leed Zama (1956) y también todo lo que encontréis de Di Benedetto en bibliotecas, librerías, bases de datos. Descubridlo, devorádlo, disfrutadlo.
La edición de 2017 lleva en la portada una fotografía del actor Daniel Giménez Cacho en su papel de Diego de Zama, pero nunca -o casi nunca- me han gustado las “portadas de película”.

Los muertos, Jorge Carrión (píldora #1)

Crítica, Entrelíneas

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Los muertos, Jorge Carrión

2014, Galaxia Gutenberg

El gran descubrimiento. Blade runner Los soprano están bien, puede que Blade runner 2049 también lo esté, pero el mundo no será justo mientras la gente siga postergando la lectura de esta novela. Se trata de un experimento literario formidable, ambicioso, con una estética que bebe de los videojuegos, las series de televisión y el mejor cine de ciencia-ficción. Carrión consigue lo imposible: fusionar la reflexión existencial y la acción, la distopía y (boom!) la crítica literaria. Por supuesto, su escritura es brutal.

Aunque Los muertos vio la luz en 2010 (Mondadori), el mundo no estaba listo para su llegada y recientemente Galaxia Gutenberg ha editado, además de esta novela, Los huérfanos (2014), Los turistas (2015) y Los difuntos (2015), cerrando así esta suerte de saga que aún está por ver si se titulará Las huellas o Tetralogía de un nuevo siglo.

Como ensayista, Carrión también merece mucho la pena. Ya que el cauteloso lector no me conoce y no tiene por qué fiarse de mí, sugiero una hojeada a alguno de sus varios “libros de viajes”, a la edición aumentada de Librerías que acaba de editar Anagrama, o al reciente Barcelona. Libro de los pasajes (2017, Galaxia Gutenberg).

Los diez (o no) mejores libros del año (o no) 2017

-200º, Crítica, Ensayo, Entrelíneas

Es hora de rendir cuentas de mis lecturas. Las fechas obligan al polvorón, el décimo y la lista. De momento, aquí está la lista. Y como no podía ser de otra manera: ni son diez libros, ni todos han sido publicados en 2017, y Alfonso Armada ni está, ni se le espera.

Eso sí, he seleccionado los que sin duda son los mejores libros de mi año (ya se sabe: el tiempo cronológico, el psicológico, el bibliográfico…), de modo que los Premios Golden Raspberry habrán de esperar otra lista, otro momento, otro ánimo.

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Los muertos, Jorge Carrión

2014, Galaxia Gutenberg

El gran descubrimiento. Blade runner Los soprano están bien, puede que Blade runner 2049 también lo esté, pero el mundo no será justo mientras la gente siga postergando la lectura de esta novela. Se trata de un experimento literario formidable, ambicioso, con una estética que bebe de los videojuegos, las series de televisión y el mejor cine de ciencia-ficción. Carrión consigue lo imposible: fusionar la reflexión existencial y la acción, la distopía y (boom!) la crítica literaria. Por supuesto, su escritura es brutal.

Aunque Los muertos vio la luz en 2010 (Mondadori), el mundo no estaba listo para su llegada y recientemente Galaxia Gutenberg ha editado, además de esta novela, Los huérfanos (2014), Los turistas (2015) y Los difuntos (2015), cerrando así esta suerte de saga que aún está por ver si se titulará Las huellasTetralogía de un nuevo siglo.

Como ensayista, Carrión también merece mucho la pena. Ya que el cauteloso lector no me conoce y no tiene por qué fiarse de mí, sugiero una hojeada a alguno de sus varios “libros de viajes”, a la edición aumentada de Librerías que acaba de editar Anagrama, o al reciente Barcelona. Libro de los pasajes (2017, Galaxia Gutenberg).

Para quien no quiera morir sin ser feliz y sin formar parte de este siglo XXI, recomiendo repetidas veces la lectura de Santin Island (2015, Pálido Fuego), de Tom McCarthy.

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Papeles falsos, Valeria Luiselli

2012, Sexto Piso

Este libro, también nacido en 2010 y reescatado dos años después por la editorial Sexto Piso, reúne en unas pocas páginas -maravillosamente editadas- algunos ensayos de la escritora mexicana Valeria Luiselli. Son ensayos muy cortos, apenas crónicas de un momento o de una imagen, apenas poemas en prosa delicados y al mismo tiempo crudos, sin demasiado teatro. Con Luiselli pasearemos en bicicleta por Ciudad de México o deambularemos por la Serenísima República de Venecia, en una de cuyas islas está enterrado Joseph Brodsky (acaso el secreto protagonista del libro). También pensaremos en lo que significa ser quienes somos o sencillamente tener un hogar, un sitio al que volver y del que formar parte. Pero quizá todo es cuestión de sentirse cómodo sentado en un banco en medio de una gran ciudad, o de arreglar en pocos minutos unos papeles que podrían salvarnos la vida. Es obligatorio acercarse a Luiselli, escucharla. También puede hacerse pegando mucho el oído a alguna de sus novelas: Los ingrávidos (2011) o a La historia de mis dientes (2013), ambas en Sexto Piso.

Si del México universal se trata, échenle el guante a un libro como Muerte súbita (2013, Anagrama), de Álvaro Enrigue, o Después del invierno (2014, Anagrama), de la fascinante Guadalupe Nettel.

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Walden, Henry David Thoreau

2017, errata naturae

Este es sin duda el libro más necesario del año. Publicado originalmente en 1854, se trata de una suerte de crónica razonada de la temporada que Thoreau, padre del ecologismo y -por qué no- de la literatura estadounidense, vivió en los bosques cercanos a su ciudad natal, Concord, en Massachusetts, junto a la laguna de Walden. A partir de esta experiencia, el autor desgrana los frutos de una existencia más radical y, en última instancia, más auténtica.

La editorial errata naturae cuenta con esta obra maestra en su catálogo desde 2013, pero por el 200 aniversario del nacimiento de Thoreau ha sacado a la luz una edición especial, ilustrada y con prólogo de Michel Onfray. En la Era Trump, “elevación espiritual”, “respeto a la naturaleza”, “soledad”, “libertad” o “meditación” son conceptos que deberían ser desempolvados, limpiados de su aura tópica y revisados con sinceridad. Desgraciadamente, Walden será siempre un libro universal y eterno, pues nunca hemos estado más lejos de pisar las huellas de Thoreau.

Para disconformes, utopistas e indomeñables, errata naturae también tiene en su catálogo otros libros del autor, como Cartas a un buscador de sí mismo (2012) o Desobediencia. Ensayos políticos (2015). Pero si hablamos de grandes y afortunados rescates literarios: Tea rooms (2016, Hoja de Lata), de Luisa Carnés, o El cuento de la criada (2017, Salamandra), de Margaret Atwood, son títulos obligados. Así como Ya sabes que volveré (2017, Galaxia Gutenberg), el ensayo que Mercedes Monmany ha dedicado a tres escritoras engullidas por las fauces de Auschwitz: Etty Hillesum, Gertrud Kolmar e Irène Némirovsky.

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Mac y su contratiempoEnrique Vila-Matas

2017, Seix Barral

Hay escritores que tras varios libros publicados parecen condenados a la repetición. No es el caso de Enrique Vila-Matas, quien haciendo de la propia repetición el tema de su última novela da lo mejor de sí mismo en una ficción alucinante. Un viaje a través de su propia escritura (anterior y futura) ambientado en las imaginarias calles de El Coyote.

En mac y su contratiempo las capas de lectura se superponen dentro de una estructura compleja y precisa a la vez. El retrato humorístico y desencantado de un barrio barcelonés, la lectura irónica de la propia obra a través del tiempo, la lectura creativa de la obra de los demás y las vivencias que esas lecturas detonan en los personajes son algunas de las múltiples facetas de un artilugio narrativo sin precedentes, en el que el autor revisa las líneas maestras de su apuesta literaria con un texto de altura, tan entretenido como sofisticado.

Por otro lado, para quienes interese volver sobre los pasos de Vila-Matas y releer una de sus novelas más excesivas y deliciosas, Seix Barral acaba de reeditar Doctor Pasavento con un prefacio de Maurice Nadeau y el texto inédito de la conferencia Bastian Schneider. Tampoco se pierdan las novelas Ciudad abierta (2012, Acantilado), de Teju Cole, o  Intento de escapada (2013, Anagrama), de Miguel Ángel Hernández.

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Pájaros en la boca y otros cuentos, Samanta Schweblin

2017, Random House

Menos mal que existe la escritora argentina Samanta Schweblin. Menos mal que existe, al menos, su voz literaria, tan dura pero tan serpenteante, tan llena de matices e inflexiones, tan fresca. Pájaros en la boca es un libro de cuentos que Lumen publicó en 2009 pero que el sello Literatura Random House ha reeditado afortunadamente este año, junto a otros relatos que no encontramos en el volumen original.

Resumir un cuento es tarea de idiotas. Así que hablaré de ecos de Rulfo y de Cortázar, ecos de Flannery O’Connor y de Bioy Casares. Son todos ecos un poco mudos, pues no acallan ni de lejos la voz de Schweblin, que resuena como un gran diluvio que se ha estado esperando durante años, bailando y bailando como un jefe cherokee.

Su primer libro de cuentos, El núcleo del disturbio (2002) está desaparecido en combate. En cambio, en 2014 Random House puso en nuestras manos la primera novela de SchweblinDistancia de rescate, que bien merece más de una lectura. Para los caprichosos, la editorial Páginas de espuma ha editado este año La respiración cavernaria un cuento de la autora ilustrado a toda página con las pinturas de Duna Rolando. Para caprichosos de otro tipo: Borges: el laberinto infinito (2017, Norma), el cómic sobre el autor de Ficciones que han esculpido caprichosamente Nicolás Castell y Oscar Pantoja.

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Hambre de realidad, David Shields

2015, Círculo de Tiza

Este es un ensayo con el que entusiasmarse, y no solo por el buen gusto de la editorial Círculo de Tiza. Es un ensayo con el que identificarse fervorosamente y al mismo tiempo estar en completo desacuerdo. David Shields teje en Hambre de realidad (publicado en inglés en 2010) un complejo e inspirado tapiz en el que se van uniendo con mimo los puntos de fuga del estado actual de la (conciencia) poética, del arte contemporáneo, de la literatura y de su confluencia en este incomunicado mundo de las comunicaciones. Bajo la forma de un manifiesto (colectivo; generacional, incluso), Shields propone una sugestiva radiografía de la nueva estética: las nuevas formas de mirar, leer y escuchar que la tecnología y los deicidios históricos de la novela o el arte han propiciado para nuestros días.

Para completar este viaje alucinado por la “rabiosa actualidad” -que gritaría el vendedor de rotativos- recomiendo los ensayos de Kenneth Goldsmith reunidos en Escritura no-creativa (2015, Caja Negra), o, aunque no tengan nada que ver, los grandiosos, excelentes, fabulosos y extraordinarios ensayos literarios de Giorgio Manganelli compilados en La literatura como mentira, que la editorial Dioptrías publicó en 2014 en traducción de Mariagiovanna Lauretta. También merece un pecado el librito de Jean-Yves Jouannais Artistas sin obra (2014, Acantilado).

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Ventajas de viajar en tren, Antonio Orejudo

2000, Tusquets

Antonio Orejudo ha publicado este año la estupenda novela Los cinco y yo (2017, Tusquets). Sin embargo, he leído Ventajas de viajar en tren -editada originalmente en el 2000- después de que un par de amigos estuviesen a punto de volverme loco con su “invitación a la lectura”, y decididamente debo incluirla entre las mejores del año.

Es una novela imprevisible, sorprendente, divertida hasta el agotamiento y perfectamente escrita. Nunca antes se habían contado los avatares de un esquizofrénico (o los de un escritor de ficción) con mayor gracia y amargura. El delirio y la paranoia se vuelven el marco ideal para azotar las miserias de nuestra sociedad, entre carcajadas que nos situarán casi físicamente en el norteño hospital psiquiátrico donde todo comienza. No creí que Orejudo pudiera volver a sorprender con tanta fuerza tras Fabulosas narraciones por historias (1996), pero lo hizo en la bisagra del fin de siglo: más de uno se sorprenderá con esta novela.

De locos y genios, lean La novela luminosa (2005, Random House), de Mario Levrero, o La Orden del Finnegans (2010, Alfabia), de varios autores joyceanos (entre ellos Eduardo Lago, Vila-Matas y Jordi Soler). Si aun así no quedan satisfechos, pidan que les devuelvan el dinero o aborden con entusiasmo la novela Fred Cabeza de Vaca (2017, Sexto Piso), de Vicente Luis Mora, y descubran al “artista español más universal desde Picasso”, un hijo de puta que parece sacado de La velocidad de las cosas, de Rodrigo Fresán.

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Cortázar, Jesús Marchamalo y Marc Torices

2017, Nórdica

Jesús Marchamalo lo ha vuelto a hacer. Ha vuelto a entregar a los lectores la “libra de carne” de la literatura, aún palpitante y llena de vida. Y en esta ocasión ha perpetrado el crimen junto al ilustrador Marc Torices, en una luminosa novela gráfica sobre la vida del escritor argentino Julio Cortázar.

El cómic Cortázar llega este año como un verdadero soplo de aire fresco para los amantes del autor de Rayuela, ofreciendo un mosaico mágico, caleidoscópico, con las principales facetas de su biografía: desde su infancia en el barrio porteño de Banfield o sus primeros escritos publicados bajo seudónimo, hasta su afición por el jazz y el boxeo, sus compromisos políticos o su amarga muerte el 12 de febrero de 1984 en el hospital de Saint Lazare de París. Esta obra también es la oportunidad que necesitaban quienes nunca han leído al Gran Cronopio.

Por otro lado, a partir de enero de 2018 estará disponible, también en NórdicaVirginia Woolf, Las olas, el nuevo título de la colección en la que Marchamalo y el ilustrador Antonio Santos homenajean a escritores universales como Pessoa o Kafka, entre otros.

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El nervio óptico, María Gaínza

2017, Anagrama

Este no lo he terminado de leer, que diría Alberto Olmos, pero, para no mentir, diré que ni lo he empezado. En realidad, aún no lo tengo. Pero lo tendré, y lo leeré, y será uno de los mejores libros de mi año, que aún no ha llegado a su fin.

Mientras me hago con el libro de Gaínza y lo incluyo de facto entre mis mejores lecturas, recomiendo El mundo deslumbrante (2014, Anagrama), de Siri Husvedt, cuyo aplastante comienzo también tiene su lugar en esta extraña lista:

 

 

Todas las creaciones intelectuales y artísticas, incluso las bromas, las ironías o las parodias, tienen mejor recepción en la mente de las masas cuando estas saben que, en algún lugar detrás de una gran obra o de un gran engaño, se encuentra una polla y un par de pelotas.

 

Suerte que esta lista no es una gran obra ni un (gran) engaño. Suerte que nunca estará completa y que, como a todas las listas, nunca hay que tomarla demasiado en serio. 

 

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