Walden. Edición 200 aniversario, Henry David Thoreau

Crítica, Ensayo, Entrelíneas

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Mientras se celebra el segundo centenario de la muerte del escritor, agrimensor y filósofo norteamericano Henry David Thoreau (1817-1862), hay jóvenes que plantan tomates en sus balcones mientras le roban la conexión wifi al vecino. La historia ya nos la sabíamos, o creíamos saberla: un tipo raro, “medio intelectual-medio depredador salvaje”, se retira al bosque para vivir una vida más plena que la nuestra, es decir, que la del común de los mortales. Por eso a mucha gente le da pereza acercarse a Walden, como les da pereza leer el Peter Pan de Barrie o incluso El Quijote, porque creen que ya se lo saben. ¡Crassus Errare!

El texto de Thoreau está lleno de sorpresas, que gracias a la editorial Errata naturae podemos redescubrir y disfrutar en una nueva edición conmemorativa ilustrada por Michael McCurdy, traducida por Marcos Nava García y prologada por el mismísimo Michael Onfray. Pero antes de nada: la pega. Esta edición, cuidada y detalladamente anotada por el traductor, presenta un texto de contracubierta cuasi ilegible por la confusión que resulta entre la tipografía en negro y la boscosa imagen del fondo. Si lo que se pretendía era producir una metáfora que generase en el lector el efecto visual y metaliterario de estar dentro del bosque o, incluso, significar que el texto y la vida salvaje son de algún modo la misma cosa y que no podemos sustraernos al impulso instintivo de armonizar con el cosmos la naturaleza contradictoriamente cultural de nuestra lectura, no está mal. Por el contrario, si no hay bases neurocientíficas que sustenten la superposición de planos: mal visto, señor diseñador.

En cualquier caso, éstas son minucias que solo un lector exquisito y justo de dineros juzgará seriamente. El texto no desmerece por ello, sino que, sabedor de su protagonismo, se crece y nos impone la mejor de sus lecturas. Empecemos entonces por el principio. Con prejuicios o sin ellos, el lector que se acerque a Walden, publicado originalmente en 1854, se encontrará con una suerte de crónica razonada de la temporada que Thoreau vivió en los bosques cercanos a su ciudad natal, Concord, en Massachusetts, junto a la laguna de Walden, donde él mismo construyó la cabaña que habitó. Si bien es cierto, como señala Onfray en su prólogo, que de Walden pueden extraerse sin dificultad varios principios morales e intelectuales que uno puede aplicar a su propia vida, también es cierto que Thoreau no pretende adoctrinar ni busca seguidores que imiten su conducta.

Precisamente por lo difícil (o lo equívoco) que resulta decir lo que Walden es, prefiero insistir en lo que no es: un horóscopo, un almanaque, un consultorio psicológico, un diccionario, una enciclopedia, un mapa, una hoja de ruta, una aplicación de Google o un libro de filosofía para dummies. Al contrario, muy preocupado por la relación entre teoría y práctica, el autor no se limita a describir su actitud ante la vida, sino que predica con el ejemplo y muestra cómo puede vivirse una “vida filosófica”, en un sentido platónico del término.

 

Hoy en día uno se encuentra con profesores de Filosofía, no con filósofos.

 

Aunque el mito de un Thoreau huraño y misántropo, aislado del mundo y viviendo de forma autosuficiente, parece haberse impuesto en el imaginario colectivo (un colectivo pequeño, claro está), basta leer el prólogo de Onfray o acercarse a la biografía escrita por Robert Richardson (Errata naturae, 2017) para comprobar hasta qué punto el lector ha necesitado extremar las experiencias reales de Thoreau para hacerlas concordar con la profundidad de su pensamiento. Es como si necesitásemos creer que el autor pasó gran parte de su vida encerrado en una cabaña en estado salvaje, porque el hecho de que llegara a conclusiones tan lúcidas y atemporales en apenas dos años de experiencia intermitente en los bosques nos parece un fraude.  No, señores, a Thoreau merece la pena leerlo alejándolo de su sombra mítica, e incluso atemperando sus reflexiones más extremas (todas vigentes), porque solo así es verdaderamente útil.

Walden, como todos los libros escritos honestamente, es útil porque nos permite enfrentarnos a nuestras propias contradicciones y, en este caso particular, a las zancadillas morales que la vida civilizada nos plantea a todos, por poco que nos paremos a cuestionarla.

Pero sabemos que la palabra utilidad y los libros se llevan tan mal en nuestros días que solo Nuccio Ordine puede hacerlas convivir en un pequeño best seller sin salir malparado. No estamos ante un manual ni ante un libro de autoayuda. Thoreau, definitivamente, no era un gurú ni un coach, sino un tipo inquieto, extraordinariamente curioso e inteligente, que en un momento dado de su vida se propuso poner a prueba el trascendentalismo al que él mismo tanto debía, y del que su amigo y filósofo Ralph Waldo Emerson era líder indiscutible.

 

Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentándome sólo a los hechos esenciales de la vida, y ver si podía aprender lo que la vida tenía que enseñar, no fuera que cuando estuviera por morir descubriera que no había vivido. […] Quería vivir intensamente y extraer el meollo de la vida, vivir de manera tan dura y espartana como para apartar todo lo que no fuera la vida, surcar una divisoria y llevar la vida hasta un rincón y reducirla a sus elementos básicos, y si resultaba mezquina, obtener entonces toda su genuina mezquindad y hacerla pública al mundo; y si fuera sublime, saberlo por experiencia y poder dar cuenta de ello en mi próxima excursión.

 

El libro está dividido en varios capítulos que se corresponden con más o menos nitidez a los temas o asuntos que se tratan en cada uno de ellos (Economía, Sonidos, Visitantes, Calentar la casa, La laguna en invierno…). Esta estructura nos recuerda que no se trata de un diario, ni de un mero cuaderno de anotaciones, y que Walden se publicó varios años después de que Thoreau abandonara la laguna, dándole tiempo a perfilar los temas, depurar el texto, complementarlo con citas y referencias, y enriquecerlo con reflexiones sosegadas.

Si bien es cierto que al autor le preocupaban especialmente la simplicidad y la sencillez, que valoraba como grandes virtudes encarnadas en distintos episodios y motivos a lo largo del libro (“La vida se nos pierde en los detalles”, escribe), Walden es muchas cosas antes que un texto improvisado o impetuoso. La sencillez nada tiene que ver aquí con la inmediatez o la irreflexión. Al contrario, su escritura es limpia porque su experiencia ha sido tamizada por el tiempo y las lecturas.

Así debería ser también nuestra lectura de Walden, y no una hojeada desesperada como la de un adicto a los tutoriales de Youtube o al foro de Yahoo Respuestas.  Han pasado muchos años y la obra maestra de Thoreau sigue inspirando, evocando y sugiriendo nuevas y mejores formas de vida. Su lectura resulta cada día más recomendable. Sus reflexiones sobre la educación, la economía doméstica o las relaciones humanas son de lo más actuales. Sin embargo, hay un trasfondo vibrante, difícil de identificar, relacionado con lo que Thoreau llama “leyes superiores”, que da verdadero sentido al texto. Si de su teoría (derivada de la práctica) somos capaces de realizar una nueva práctica (y quién sabe si una nueva teoría), esta tendrá que ver, en el sentido humanista, con un espíritu más elevado, más respetuoso, más responsable y más perfecto.

La vía es sencilla y aún hay tiempo. Dado que Thoreau no cree en la caridad ni en la “filantropía”, no lo veremos construyendo para nosotros una cabaña en el bosque.

En cambio, con estas palabras nos presta la mejor de las herramientas posibles:

 

No sé de un hecho más alentador que la incuestionable capacidad del hombre para elevar su vida mediante un esfuerzo consciente. Ya es algo poder pintar un cuadro o esculpir una estatua o embellecer ciertos objetos, pero mucho más glorioso es pintar las atmósfera y esculpir el medio que atraviesan nuestras miradas, lo que resulta un acto moral. Afectar la calidad del día, ésa es la más elevada de las artes. 

 

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Diez lunas blancas, Phil Camino

-200º, Crítica

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Diez lunas blancas dicen que tarda el vientre de una mujer en gestar una nueva criatura.

Diez lunas llenas.

También dicen que no hay lunas suficientes para hacer que una madre olvide a su hijo, aunque haya muerto.

La editora y escritora hispano-francesa Phil Camino (Madrid, 1972) deja constancia de ello en este breve y hermosos libro que llega a nuestras manos cabalgando entre las convenciones de la novela, el diario íntimo, el libro de memorias y el ensayo.

 

Escribí la mayor parte de esta especie de diario, o confesión, o comoquiera que se deban catalogar estas líneas, el año en que viví en Nueva York. Cuando comencé a redactarlo no imaginaba cuánto amaría esta ciudad.

 

Así comienza Diez lunas blancas (Elba, 2017). Un comienzo en el que están ya prefiguradas las líneas de fuga del cuadro; un comienzo en el que la ausencia cobra protagonismo con la pensada omisión del tema central. Como si jugara al despiste para evidenciar, precisamente, su lado más auténtico,  el libro se propone a sí mismo como un diario, una confesión, unas “líneas” escritas al vuelo, tal vez la respuesta a la pregunta algo impertinente de una desconocida (“¿Por qué has tenido tantos hijos?”) o una epístola extraviada cuyo destino original y verdadero fueran los hijos de la autora –solo ellos–, pero que por alguna extraña y necesaria razón ha llegado a nuestras manos.

Diez lunas blancas es bajo todas estas etiquetas un texto autoconsciente, sabedor de sí mismo y de sus profundidades abisales. Y quizá por eso estas primeras líneas hablan de escribir, de Nueva York y de amar una ciudad pasajera. Quizá por eso este comienzo se viste de cuaderno de viajes y sofoca el latido vertebrador del libro bajo el ajetreo y el ruido de la ciudad-delirio. En definitiva, Diez lunas blancas ensaya lo inefable: la muerte de una hija, su memoria que se pierde, se recuerda y se inventa al mismo tiempo. De forma paralela a como la escritura de estas páginas se presenta terapéutica y vivificadora, su lectura deja el regusto de un renacimiento o de un amanecer.

Por todo ello me atrevo a decir que Nueva York es aquí un pretexto. No es la ciudad caminable de las novelas de Paul Auster o de Teju Cole. No es un entramado de rascacielos, chimeneas de ladrillo y vidas anónimas, sino una entidad abstracta que significa por oposición. En el libro de Phil Camino la ciudad de Nueva York es más un símbolo que una coordenada espacial, es el muro necesario donde proyectar una sombra, es el rumor obligado contra el que construir un silencio. Pero no un silencio cualquiera, sino aquel que se disipa en varias direcciones: la hija que no está, la madre que ya no puede estar, el lector que busca enfebrecido las huellas de una historia que el mismo texto evita.

En un momento dado leemos una cita de W. B. Yeats que impunemente podría ser apócrifa en la que el poeta irlandés confía únicamente al “hombre desgarrado” la facultad de ser un hombre. La voz narradora, en ese instante, hace acto de presencia con la grandeza de su sencillez:

 

La muerte de mi hija es un desgarro. Pero me ha construido.

 

Este es, sin duda, el tema central de un texto al que podemos tratar de disidente, pues no ofrece asilo al hurgador morboso ni complace las siestas del lector sentimental. El abanico de emociones que Diez lunas blancas dibuja resuena en la lágrima, pero también en el puño cerrado, en la caricia cómplice y en la duda absoluta. La paradoja del desgarro edificante puede ser el motivo simbólico que Phil Camino ha elegido para investir a su libro de grandes matices. Como esa imagen, proyectada por el joven Cortázar, del túnel que destruye para construir.

Hay aquí un lirismo inspirado que recorre el libro desde el mismo título hasta aquellos versos que no son versos (“Niños azules. Niños de luz pálida. Niños que brillan“), pero también hay la frialdad de las salas de espera y la precisión quirúrgica; la estridencia de las onomatopeyas, las palabras en inglés y las metáforas bursátiles; la cotidianidad del susurro materno, del consuelo carnal y de un nombre frágil: Jimena.

Un hijo puede vivir el duelo de una madre, como Barthes, y un padre vivir el duelo de un hijo, como Umbral, pero la narradora que Phil Camino construye no vive, ni llora, ni sufre el duelo de su hija. Lo que hace es relatar el recuerdo nebuloso, sereno ya, de un hecho que para el lector podría o no haber sucedido. Y es que la estructura voluble del libro nos invita a desplazarnos continuamente entre el testimonio de una madre incrédula y abstraída (un poco como el Meursault indolente del libro de Camus), las lúcidas reflexiones sobre la maternidad y la escritura, o la crónica emocional de una despedida que no termina, que no se va, que siempre vuelve:

 

Jimena. Vuelvo a ella. Vuelvo a ti, mi hija. No puedo verte. Pero sí sentirte. La noche y la soledad siempre han estado íntimamente enlazadas y son buenas compañeras de la confesión. La noche de Nueva York me asola y a la vez me arropa con los recuerdos.

 

En cierta ocasión, el filósofo francés Henri Bergson comentó que la naturaleza del humor corresponde a una ruptura en la lógica de los acontecimientos: alguien que camina por un sendero cae en una zanja y nos reímos, porque lo lógico era que continuara caminando por el mismo sendero. Sin embargo, hay ocasiones en las que incluso los fallos de la lógica fallan. Un ser que por lógica debería crecer se desvanece y se convierte en el argumento de un libro. Por ilógico que parezca, no hay humor en esta ruptura, en este rompimiento:

 

Nunca pensé en ser madre para serlo de una hija muerta.

 

Sin embargo, que tampoco nos lleve a engaño la dureza de estos términos, pues no se trata de un melodrama que mueva al llanto. Como las aves en la hermosa foto de portada obra de Patricia Romero– el dolor queda aquí como suspendido en un clima de familiaridad, de confianza, de susurro afectuoso que nos recuerda el carácter omnipotente de la vida. De dar vida. Si el escepticismo y el por qué me has abandonado recorren las páginas más amargas de este relato, una inquebrantable fe en el afecto y en las relaciones humanas prevalece en cada cala, en cada grieta, en cada hendidura de sus páginas.

El latino Lucrecio escribió en De rerum natura que “no hay cosa que se engendre a partir de nada por obra divina jamás”, es decir, que nada nace por generación espontánea, sino que se necesita de la simiente, de la semilla que encierra en potencia todo el proceso de su maduración. Así los hijos, como las plantas. Muchos siglos después, Satish Kumar repite que “todas y cada una de las semillas llevan incorporado el árbol que serán“. Phil Camino parece inscribirse en esta línea cuando explora los caminos de una maternidad terrosa y arada, que establece vínculos radicales con aquello que forma y que alimenta, hasta el punto de negar o refundar el simbolismo de los adioses convencionales.

Su nitidez, su falta de dogmatismo, su cercanía y su sinceridad hacen de Diez lunas blancas un libro al que merece la pena asomarse, no sólo como madre o como mujer, sino como hombre y como hijo (seguramente también como padre). El vértigo es un riesgo asumible, sobre todo por la experiencia invaluable de revivir, de forma desautomatizada, nuestra relación con el corazón y la entraña maternos. Cuando habíamos dado por sabido lo que significaba nacer, alumbrar, morir… Phil Camino nos propone empezar de cero, dudar para preguntar y conocer, morir con Jimena y volver a la vida en estas páginas escritas en un hotel de Nueva York, en un café de Madrid o en cualquier otro lugar sin nombre.

Los cinco y yo, Antonio Orejudo (por Elena J. Gomariz)

Crítica, Entrelíneas

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En el cuerpo y en lo otro –me reafirmo con frecuencia en los títulos que simbolizan per se una obra total– compila una colección de ensayos de David Foster Wallace. El cuerpo y lo otro pululan, con facilidad, en cuanto metáfora inventada (no fosilizada) y sin posibilidad de perpetuarse más allá de esta premisa sin importancia acerca de la ficción y de la vida en Antonio Orejudo; de la verdad y de las mentiras. La ficción, lo otro. La vida, el cuerpo. O no.

El escritor, nacido en el ’63, ha obsequiado al mundo con seis novelas en periodos distanciados, casi a la norma, por seis o cinco años. El seis, quizá en todo su malditismo, ejerce de influencia fáustica o deus ex machina en torno a la soberbia sonrisa que proyecta gracias a sus párrafos llenos de lirismo irónico, metaliterario, social, en orden a dejar, no sin cierta ira, una memoria histórica digna de cualquier lector en cualquier horizonte figurado. El número seis nos invita, igualmente, a establecer un ritual y una religiosidad tangible en el principio del verbo, amén de observar con o sin cautela todo exterior molesto previo al inicio de la lectura. Seguidamente, uno huele con descaro Los cinco y yo y lo lee. Lo lee enjugado en un silencioso murmullo de abejas o risas en pos de desmantelar la sabiduría sobre la delgada línea no tan roja que escinde y divide el mundo y la imaginación, o todo junto, pues, al cabo, qué es real (¿unos cuantos nombres?) y qué la otra cosa inclasificable que conmueve y nos confunde en cada escena (After five, Los cinco, etc.), en cada vaso de agua que nos quema en la boca, en cada curva en que decidimos no estrellarnos, en todas y cada una de las veces que frente al espejo percibimos una ausencia en la presencia. Borges alumbró una Historia universal de la infamia. Borges aparece siempre. Un semidiós. O un dios. Por escrito o por pensado. Más allá de cualquier laberinto. Y uno queda bastante descansado después de mencionarlo.

Orejudo dijo en otro lugar:

Con el tiempo me he dado cuenta de que todos los esfuerzos de las criaturas de ficción van encaminados a convertirse en seres de carne y hueso. Los escritores, en cambio, seres de carne y hueso, hacen todo lo posible para convertirse en criaturas de ficción algún día: en estatuas, en billetes de banco, en sellos o en temas de libros escolares (Fabulosas narraciones por historias).

Fiat Lux. El autor ha desvelado el milagro de la carne en la noche estrellada sobre todas las noches que condena el orden al caos; la cruenta tierra girando sobre nuestras cabezas, la música para camaleones, la crueldad a borbotones o golpes contra los ojos: la frustración de los filólogos. La filología como frustración ilustrada; una frustración tan soberanamente inmensa que nos oculta bajo el amparo, dudoso, de la lectura miope, distorsionada, en que contemplar cierto sueño eterno: haber escrito una [puta] palabra de esas que uno estudia a conciencia. Ergo, la frustración ha mudado a maestría del conocimiento, nostalgia poética o melancolía. La frustración como modo de serenarse ante la sinrazón de las prendas mal halladas, garcilasianas, virgilianas, endemoniadas, que dejan en la memoria la necesidad de ‘llegar a ser‘o ‘convertirnos en’ poemas y poetas. Novelas y novelistas. Dramas y dramaturgos. Literatura y seres inmortales.

Fuimos, hemos sido y seríamos si llegáramos a ser, antes que todo, una irreconciliable mezcla de pasión, gloria, ambición y fama sin pronombre. La existencia y su contrario: aquel gato muerto y vivo al tiempo en aquel sórdido cartón cuántico. Y hemos llorado en un rincón que nadie conoce y no importa, porque nunca hemos tenido la [jodida] caja donde albergar, al menos, la duda.

Elena J. Gomariz

elenajgomariz@gmail.com

 

Cuatro por cuatro, Sara Mesa (por Maria Ayete Gil)

Crítica, Entrelíneas

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Para el emblemático y omnipresente Michel Foucault, el poder es una relación de fuerzas inmanente a todo sistema social, un atributo inherente al hombre que recorre todos y cada uno de los resquicios de la vida en sociedad. Utópico es tratar de encontrar su núcleo, dado que, cual ente tentacular, el poder permea la totalidad del habitus humano provocando una desencialización tal que impide su localización en un centro desde el cual nace o se ejerce. Con esta difuminación del poder se anula todo corte de raíz posible, algo que expulsa al hombre hacia un campo estratégico preestablecido en donde no le queda otra que desenvolverse entablando sus microluchas particulares.

El porqué de empezar estos breves apuntes sobre Cuatro por cuatro (2012) con tales reflexiones del filósofo francés tiene fácil respuesta: porque si hay algo sobre lo que indague la mejor novela hasta el momento, a juicio de quien esto escribe, de Sara Mesa (Madrid, 1976), es precisamente sobre el poder y sus relaciones en un espacio institucional, en este caso educativo, cerrado sobre sí mismo. ¿Qué es interesante de la novela aparte de esto? Todo: desde su estructura hasta su estilo, pasando por sus múltiples focalizaciones y variedad de personajes. Pero vayamos por partes.

Cuatro por cuatro narra la vida en un colegio internado de élite aislado de la sociedad. En él habitan alumnos pudientes junto a estudiantes becados, cuyos padres trabajan en labores varias dentro del recinto. Junto a ellos, un elenco de profesores y dirigentes patrullan el lugar. La novela está dividida en dos partes más un epílogo. En la primera de ellas, el lector se acerca a la rutina del centro de la mano del personaje de Celia, estudiante becada insatisfecha con el colich, y de Ignacio, niño de familia adinerada, cojo, débil y afeminado. La brevedad de los capítulos que constituyen esta primera mitad dota de gran dinamismo a la novela, cuya narración focaliza a veces la subjetividad de Celia y, otras, una fría voz de carácter omnisciente. Esta sección concede al lector una visión parcial de lo que sucede en el colegio, visión que se completa con la segunda parte del texto, escrita en forma de diario íntimo por un profesor sustituto que irrumpe a  mitad de curso en la vida de la escuela, y gracias a la que llegamos a hilar las insinuaciones, los secretos y los silencios que han poblado el texto desde su inicio. Finalmente, el epílogo lo constituyen unos papeles del profesor al que viene a sustituir el diarista, formados por una serie de fragmentos que conforman la historia de una ciudad en cuyo subsuelo residen niños y niñas encerrados en pequeñas celdas. Héroes y mercenarios es el título de dicha historia, alegoría de la vida en el colegio, broche de oro a las dos partes anteriores y jarro de agua fría para un horrorizado lector al que no puede caberle duda alguna, llegado a ese punto, del funcionamiento interno de la institución.

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De Chirico, “La matinée angoissante”, 1912

Basándose en los pares dicotómicos interior-exterior y escuela-mundo, sobre los que pivota continuamente el texto, la novela de Mesa indaga acerca de las relaciones de poder que se llevan a cabo en todos aquellos lugares que, valiéndose de un discurso manipulado sobre los peligros del exterior, terminan creando monstruos en su interior. Pero este poder no es un poder unidireccional (sería simple y demasiado obvio el poder ejercido desde la cúpula hacia abajo), sino que se trata de unas relaciones de fuerza que funcionan tanto vertical como horizontalmente, que juegan con lo visible y con lo invisible, con lo discreto y con lo indiscreto, formando un panoptismo que anula toda posibilidad de resistencia y lucha, lo que deja a los sujetos ante dos posibilidades: o bien participar de los privilegios del sistema, y lo que ello supone, o bien perecer. El microcosmos creado por Mesa es un universo atravesado y configurado por relaciones de poder tan profundas y engarzadas entre ellas que cualquier movimiento de los sujetos en el campo resulta en la perpetuación de la degeneración y deshumanización de un poder llevado al límite.

Pero Cuatro por cuatro no se acaba ahí: las diferencias de clase, la corrupción, la impostura, la vigilancia y el silencio son elementos que juegan un papel fundamental en el texto, sobre el que no sólo es posible, sino imperativo, deducir una sutil –que no por ello edulcorada– crítica a las políticas de esta última década, a las desigualdades sociales a las que han conducido y a las organizaciones e individuos que se han beneficiado de la situación a costa de los más desfavorecidos.

Si a todo esto le añadimos un excelente manejo del idioma, un estilo impoluto, alejado de largas parrafadas, huecas digresiones y demás parafernalias; es decir, un lenguaje caracterizado por una concisión que ralla la extenuación, al que ni le sobra ni le falta absolutamente nada, nos topamos con una bomba literaria de una calidad a todas luces innegable. Una técnica a la que le bastan tres palabras para describir una atmósfera que nos pone los pelos de punta, que nos incomoda hasta el extremo, que nos sacude y repele pero que nos insta a seguir leyendo. Pero a seguir leyendo con nuevos ojos, con los ojos de un lector que, desasosegado, pasa página tras página tratando de escudarse en lo ficcional de ese ajeno relato porque cree intuir, porque algo le suena, porque percibe cierta familiaridad en lo sórdido, lascivo y enviciado de unos personajes y de un espacio que lo impulsan a verse las caras, una y otra vez, con una descarada ficción que es muy, pero que muy real.

María Ayete Gil

mayete@uwm.edu

Mac y su contratiempo, Enrique Vila-Matas

Crítica, Entrelíneas

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La revista de crítica literaria  Vísperas da voz en esta ocasión a nuestra reseña del último libro de Enrique Vila-MatasMac y su contratiempo (2017), recién editado por Seix Barral.

Este autor, que ya se ha enfrentado en otras ocasiones al vértigo de lo desconocido, lo hace ahora con el valor y la calidad de quien, como decía Bolaño, se sabe derrotado de antemano y aun así sale a pelear.

[…]

Sin renunciar al juego de imposturas y referencias cruzadas que algunos pueden esperar —y otros temer— en la obra de Enrique Vila-Matas, Mac y su contratiempo parece escrito con la conciencia limpia y desnuda de quien está en paz consigo mismo y con el devenir de su escritura.

Leer más.

80 años con Pizarnik

Crítica, Desbarros

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De los Diarios de Alejandra Pizarnik

10 de febrero [1958]
No vivir, ahora que la vida me tiende la vida, es extraño. Pero voy a confesar la verdad, la confesaré aunque me tenga que morir llorando, diré la verdad, que es ésta: yo no quiero vivir, yo quiero un interés obsesivo por dos cosas: los libros y mi poesía.

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EL DESPERTAR (de Las aventuras perdidas, 1958)

a León Ostrov

Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
y se ha volado
y mi corazón está loco
porque aúlla a la muerte
y sonríe detrás del viento
a mis delirios

Qué haré con el miedo
Qué haré con el miedo

Ya no baila la luz en mi sonrisa
ni las estaciones queman palomas en mis ideas
Mis manos se han desnudado
y se han ido donde la muerte
enseña a vivir a los muertos

Señor
El aire me castiga el ser
Detrás del aire hay mounstros
que beben de mi sangre

Es el desastre
Es la hora del vacío no vacío
Es el instante de poner cerrojo a los labios
oír a los condenados gritar
contemplar a cada uno de mis nombres
ahorcados en la nada.

Señor
Tengo veinte años
También mis ojos tienen veinte años
y sin embargo no dicen nada

Señor
He consumado mi vida en un instante
La última inocencia estalló
Ahora es nunca o jamás
o simplemente fue

¿Còmo no me suicido frente a un espejo
y desaparezco para reaparecer en el mar
donde un gran barco me esperaría
con las luces encendidas?

¿Cómo no me extraigo las venas
y hago con ellas una escala
para huir al otro lado de la noche?

El principio ha dado a luz el final
Todo continuará igual
Las sonrisas gastadas
El interés interesado
Las preguntas de piedra en piedra
Las gesticulaciones que remedan amor
Todo continuará igual

Pero mis brazos insisten en abrazar al mundo
porque aún no les enseñaron
que ya es demasiado tarde

Señor
Arroja los féretros de mi sangre

Recuerdo mi niñez
cuando yo era una anciana
Las flores morían en mis manos
porque la danza salvaje de la alegría
les destruía el corazón

Recuerdo las negras mañanas de sol
cuando era niña
es decir ayer
es decir hace siglos

Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
y ha devorado mis esperanzas

Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
Qué haré con el miedo

El arte de la fuga, Sergio Pitol

Crítica

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Sergio Pitol nació en Puebla, México, en 1933. Además de su obra narrativa, Pitol es padre de varias traducciones del inglés de autores clásicos como Joseph Conrad, Lewis Carroll o Jane Austen. Como Borges, Segio Pitol parece haberlo leído todo, pero es que, además, también parece haberlo vivido todo.

En 2005, la editorial Anagrama publicó una suerte de antología titulada Los mejores cuentos. El volumen contaba con una presentación de Enrique Vila-Matas, quien en diversas ocasiones ha reconocido al autor mexicano como su maestro. Estos cuentos reunidos han auspiciado, sin duda, una mejor recepción -al menos en España- de la obra de Pitol, quien también se ha visto favorecido por el aumento progresivo del reconocimiento que crítica y público vienen otorgando, desde hace ya algunos años, al autor de Bartleby y compañía (2000).

La obra literaria de Pitol es abundante y está repleta de títulos extraordinarios. A pesar de las numerosas distinciones que se le han dedicado -el Premio Juan Rulfo y el Premio Herralde de Novela, entre otras- Pitol sigue siendo un escritor de minorías. Admirado por muchos y obviado por otros, Pitol representa lo mejor de la literatura contemporánea escrita en español. En su obra, el sentido del humor, la poesía de lo cotidiano y la cotidianidad de la Poesía (léase pintura, música, cine…) hacen de red sobre la que saltar a ciegas.

Probablemente, la mejor expresión de esta manera de hacer sean sus ficciones ensayísticas, o sus ensayos biográficos, o sus crónicas literarias de viajes. Da lo mismo. Los géneros son etiquetas y, como tal, cambian con el tiempo y en relación al grupo social que decidió ponerlas. En cualquier caso, de esta modalidad de escritura son maravillosos ejemplos -recientes- El viaje (2000), El mago de Viena  (2005) o el libro que nos ocupa, El arte de la fuga (1996).  No en vano, en el año 2007 estas tres obras pasaron a conformar un único libro bajo el título de Trilogía de la memoria.

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El arte de la fuga es un libro inclasificable. Memoria, ensayo, novela, libro de viajes imposibles y atomizados entre Siena, Roma, Varsovia, Praga, Venecia, Barcelona y Chiapas… Viajes en el espacio y en el tiempo (en el tiempo de la historia y en el espacio de la memoria). Viajes a través de callejones, sótanos, cafés y trattorie que urbanizan y enloquecen el espíritu.

Pitol derrocha inteligencia y generosidad al narrar sus recuerdos y dibujar para el lector un pasado hermoso y cautivador. Sin embargo, rechaza la opción de apelar únicamente a la mirada nostálgica de la retrospección. Al contrario, el escritor nos abre su mochila de viaje: la que ha portado durante tantos años de escritura y de labor diplomática, llenándola de experiencias enriquecedoras que en muchas ocasiones derivan de su amor por la pintura, por la conversación, por el paseo.

Uno, me aventuro, es los libros que ha leído, la pintura que ha visto, la música escuchada y olvidada, las calles recorridas. Uno es su niñez, su familia, unos cuantos amigos, algunos amores, bastantes fastidios. Uno es una suma mermada por infinitas restas.

El libro comienza con un narrador que cree haber perdido sus gafas y se mueve por Venecia contemplando un presente borroso, impresionista, en el que todas las paredes y todos los rostros se deben a la paleta de colores de un Tiziano, un Tintoretto o un Veronese. Qué hermosa puede ser una vida miope… Y qué gran metáfora puede ser la miopía para hablar de un tiempo lejano y, por tanto, un poco extraño, difuminado, como vivido por alguien que no eres tú.

El optimismo y la vitalidad son quizá las claves para entender esta obra estructuralmente fragmentaria, pero cuya unidad, sin embargo, es indudable. El libro se divide en cuatro apartados titulados “Memoria”, “Escritura”, “Lectura” y “Final” (Viaje a Chiapas). De tal modo que la admiración por todo lo que hay de interesante y de hermoso en el mundo, la actividad creadora, el homenaje a autores universales y la idea del desplazamiento como detonante de cambios y favorecedora del entendimiento más lúcido confluyen en El arte de la fuga.

La memoria trabaja con la misma lógica oblicua y rebelde de los sueños. Hurga en los pozos ocultos y de ellos extrae visiones que, a diferencia de las de los sueños, son casi siempre placenteras. La memoria puede, a voluntad de su poseedor, teñirse de nostalgia, y la nostalgia sólo por excepción produce monstruos. La nostalgia vive de las galas de un pasado confrontado a un presente carente de atractivos. Su figura ideal es el oxímoron: convoca incidentes contradictorios, los entrevera, llega a sumarlos, ordena desordenadamente el caos.

Aunque la fuga es siempre -y al mismo tiempo- física, intelectual y emocional, en este caso particular la polifonía musical de la fuga barroca es lo que posibilita el encuentro contrapuntístico de ideas y temas tan variados. “Un novelista es alguien que oye voces a través de las voces”, ha escrito Sergio Pitol en este libro. En ese caso -y sólo en ese caso- El arte de la fuga es una novela, la mejor de las novelas posibles, donde vida y literatura se abrazan sin enfrentamientos, con serenidad e inteligencia en una conversación de infinitas voces.

No es de extrañar que Pitol confiese haber disfrutado la lectura de alguien como Bajtin.

En uno de los textos centrales del libro, titulado ¿Un Ars Poetica?, leemos:

Recibí una invitación para asistir a la bienal de Narradores de Mérida, Venezuela, donde cada uno de los participantes debía exponer su propio concepto de Ars Poetica. Viví en el terror durante semanas. ¿Qué podría decir al respecto? A lo más que podría llegar, sospechaba, sería a bosquejar un Ars Combinatoria; más modestamente, a enumerar ciertos temas y circunstancias que de alguna manera definen mi escritura.

Contradiciendo su natural modestia, El arte de la fuga puede ser leído, de algún modo, como la realización de esa conferencia en Venezuela, como la puesta en práctica de una de las poéticas más personales e interesantes de la literatura escrita en español.

 

Se vende cultura. Razón: portería

Desbarros

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Ayer domingo, la revista Borrador publicaba nuestro artículo “Se vende cultura. Razón: portería”, sobre la banalización de la cultura, la falta de sentido crítico y las posibilidades (o imposibilidades) de encontrar un nuevo rumbo a esta situación:

Nuestro presente, en el que la búsqueda de la felicidad se ha convertido en una cuestión obligada, ha elegido la consolidación de una satisfacción permanente e inamovible como uno de sus objetivos programáticos. El hombre unidimensional que criticaba Marcuse es hoy, además, un hombre contento, que no se queja, que no protesta; un participante más de esa “industria de la felicidad” que ha estudiado William Davies y en la que todos, voluntaria o involuntariamente, estamos felizmente incluidos.

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