Album fotografico di Giorgio Manganelli, Lietta Manganelli

-200º, Crítica, Ensayo

Album fotografico Manganelli

 

No hace mucho que salí con el libro equivocado de la librería Palomar, en la ciudad de Bérgamo. Poco a poco he ido adquiriendo la incómoda manía de entrar en las librerías preguntando por títulos caprichosos, inencontrables, para así acabar comprando algo inesperado. A Palomar entré buscando un libro de Giorgio Manganelli y otro de Alberto Savinio. Ninguno de los dos estaba disponible, pero la librera, ágil e inteligente, salió al paso de mi previsible retirada y en lugar de devolverme el arrivederci de costumbre giró rápidamente en torno al mueble de la caja y me puso en las manos un librito menudo y blanco con el detalle de un pinocho de madera estampado en la portada: Album fotografico di Giorgio Manganelli. Racconto biografico di Lietta Manganelli (Quodlibet, 2010).

Aquel no era exactamente un libro de Manganelli, ni siquiera un libro sobre Manganelli, sino que por alguna extraña razón se trataba del propio Manganelli encerrado en la forma arbitraria y perecedera de un libro. Como reza el subtítulo, se trata de un relato biográfico escrito por la hija del autor de Centuria (1979), pero también, como reza el título, es un álbum fotográfico. Es un álbum, es un relato, es una biografía y es un gabinete de curiosidades. Si entendemos con Nabokov, con Piglia, con Vila-Matas o con David Shields que la mejor parte de la biografía de un escritor es la historia de su estilo, este libro es también un ensayo de crítica literaria. El libro es todo esto y al mismo tiempo es la sucesión cronológica de un conjunto de fotografías personales (la mayoría en blanco y negro, algunas en sepia, muy pocas en color) pertenecientes al escritor, traductor y crítico literario Giorgio Manganelli, nacido en Milán el 15 de noviembre de 1922 y muerto en Roma el 28 de mayo de 1990.

A cada imagen le corresponde un escueto pie de foto en el que Lietta desenvuelve con ternura, ironía y desenfado los secretos de una escena más o menos cotidiana: Manganelli de pequeño vestido como una niña; Manganelli con siete años y vestido con traje de baño; Manganelli escapándose para almorzar durante el descanso de una reunión en la editorial Einaudi (donde “se comía demasiado poco”); Manganelli con la amante de Jung, Toni Wolff; Manganelli con la crítica de arte Lea Vergine; Manganelli en Inglaterra, en Taiwan, en Islandia, en Kuwait… El libro ofrece una versión muy personal, al mismo tiempo desgarrada y afectuosa –pero sin aspavientos ni sentimentalismo–, de los principales avatares de la vida del escritor, de sus mayores aficiones y manías, de su carácter complejo, su humor inteligente y su temperamento imprevisible, pero, sobre todo, de la inaudita e intermitente relación que mantuvo con su hija, quien a partir de los seis años sufrió la prohibición de acercarse a su padre.

 

 

Manganelli buscó a su hija y trató de reencontrase con ella en varias ocasiones, pero el dictum de Fausta Chiaruttini, la madre, era inamovible: “No, por el amor de Dios, tiene los nervios débiles, tú solo podrías arruinarla, desaparece, esfúmate, mantente lejos”. Sin embargo, ambos se escribieron con cierta asiduidad por mediación de la abuela, que adoraba a su yerno y aprovechaba las ocasiones en que el escritor visitaba Parma por cualquier motivo para disfrazarse como una diva de Hollywood (el fular envolviéndole la cabeza, el sombrero ancho, las enormes gafas de sol) e ir a escucharlo sentada al fondo de la sala, disimulando para no ser reconocida.

La relación epistolar entre Manganelli y su hija comenzó cuando esta le envió su primera carta con catorce años, y fue lo que posibilitó el reencuentro posterior. Lietta se vio de pronto frente a un señor grueso, calvo y en tirantes, al que apenas reconocía, y le preguntó: “Disculpe, ¿es usted el señor Manganelli?”, a lo que este contestó: “Sí”. “Entonces yo soy su hija”, repuso ella. Al poco de este manganelliano saludo apareció el escritor Carlo Emilio Gadda, visiblemente agitado, y Manganelli pidió a su hija que esperara en la terraza, donde aguardó más de una hora. Cuando Gadda se fue, el padre se excusó: “Nada, perdona, era un colega con problemas de nervios”. Al parecer, la discusión había tenido lugar por una cuestión de egos, plagios, irreverencias y superposiciones entre Hilarotragoedia (1964), de Manganelli, y La cognizione del dolore (1963), de Gadda. Nada serio.

El valor documental del libro es indudable, pero también resulta totalmente secundario o lateral. Es cierto que Lietta exhibe las fotografías de la nonna Amelia y del abuelo Paolo Manganelli, que vemos las instantáneas oficiales del escritor en la escuela, en el instituto y en la universidad –donde se observa un curioso parecido con Pavese–, o que seguimos en imágenes el recorrido de una Lietta Manganelli que pasa de ser casi un bebé sentado en un cañaveral de Roccabianca a ser una mujer de dieciocho años, prácticamente desconocida para su padre. Esta última secuencia es particularmente expresiva, pues permite adivinar el hueco, la página en blanco de una relación filial que este libro en cierto modo escribe o reescribe con signos que están más allá de las palabras.

 

Giorgio Manganelli y su hija Lietta

Giorgio Manganelli y su hija Lietta, octubre de 1970

 

El valor documental es secundario porque se trata de un comentario o discurso en segundo grado, pero también es lateral (o hipotético, o conjetural, o abiertamente ficticio) porque si no conociéramos a Giorgio Manganelli, si Manganelli no existiese, este sería un relato valioso en sí mismo por la calidad singular de su escritura entrecortada y honesta, por la sintaxis fragmentaria de las imágenes que unen y desunen las piezas de este retrato oblicuo y sesgado. También porque, no lo olvidemos, Lietta relata buena parte de una historia que nunca conoció, como Borges, en su particular y tardío “libro de viajes” titulado Atlas, acompaña las fotografías de María Kodama con textos sobre lugares que pisó, pero que nunca vio.

El personaje que dibujan el texto y las fotografías de este libro es un tal Giorgio Manganelli que orbitó en torno al Grupo ’63 y que mantuvo una relación especial con Italo Calvino, con Pietro Citati y con Augusto Frassineti, que consideraba que la comida era un rito y no soportaba esperar sentado a la mesa, que odiaba la playa y que desconoció la armonía del matrimonio perfecto. Para ese tal Manganelli eran importantes su tío Mario, su psicoanalista Ernst Bernhard y la poeta Alda Merini, pero siempre le fue antipático Pasolini, por quien lamentaba “no poder decirle siquiera que escribe mal, porque sería mentira”. Se trata de un Manganelli libre, comprometido con la singularidad de su obra, obsesivamente solitario.

Hay en este libro confesiones tortuosas, comentarios sagaces y profundamente irónicos, pero hay lugar también para la melancolía y para observar indiscretamente el lugar de trabajo de Manganelli, un escritorio caótico y vertiginoso: “uno de los lugares más enmarañados de Europa”. Según cuenta Lietta Manganelli, uno entraba en el reino de su padre y preguntaba: “¿Me siento aquí?”. A lo que él respondía: “No, porque están los discos… no, porque están los libros…”. “¿Me siento en el suelo?”. “No, porque…”. El suyo era un territorio al mismo tiempo sagrado y tremendamente mundano, analogía material de su escritura de orfebre alucinado. Su escritorio indistinguible, la ropa amontonada sobre la silla y las pilas de libros, periódicos y revistas creciendo en el suelo eran la representación visual y matérica, casi escultórica, de la forma de lo informe que Manganelli exploró en La palude definitiva (1991) y en Nuovo commento (1993), el humor y la multiplicación de sus “cien pequeñas novelas río” y de su Pinocchio paralelo (1977).

 

Manganelli desk

El escritorio de Giorgio Manganelli

 

Aunque quizá sea ver más allá de lo que un brevísimo relato biográfico ilustrado podría dar de sí en una primera lectura, este Album fotografico presenta a mis ojos de comprador desviado al menos un par de relatos sumergidos, paralelos también. Por un lado, Lietta comenta las fotografías de su padre, de familiares y de amigos que dan cuenta de la vida del personaje Giorgio Manganelli, o mejor, de su actitud ante la vida. Por otro lado, Lietta diseña la figura de una mujer (de una hija) y de su compleja relación con el padre. Mientras que, por último, Lietta relata por alusiones el proceso mismo de composición de los dos niveles anteriores.

“Toda la historia de la vida de un hombre está en su actitud”, escribió Julio Torri. Mientras leemos la historia de la vida de Manganelli leemos también las introducciones referenciales de Lietta. Son frases breves en las que se apoya la narradora para establecer un vínculo casi físico con las imágenes del texto: “Foto en el jardín de la Guastalla de Milán”, “Aquí en una foto posterior, de 1954, con Terranova”, “Esta soy yo con mi abuela paterna, mi madre, mi padre”, “Esta que tiene en la mano es la primera carta que he escrito a mi padre”… Primero Lietta Manganelli resume en una o dos líneas esa conexión verosímil entre la fotografía y la idea o el hecho, y pasa luego a ensayar una descripción, recordar una escena, esbozar una conjetura.

Mientras leemos, es fácil imaginar que Lietta Manganelli va sacando una a una esas viejas fotografías de una caja de cartón agrietado, olvidada durante años en el fondo de un armario, para enseñárnoslas con generosidad, pero no sin cierta turbación. Esa sensación que el libro transmite, ese peculiar efecto de realidad, es solo una dimensión más que agradecer al texto cercano y familiar que conforma el Album fotografico di Giorgio Manganelli, que revitaliza las figuras anquilosadas del archivo y del recuerdo, y que nos deja durante unos minutos volver a pensar en una escritura manual, íntima y apretada, en el olor del polvo y en el tacto de una esquina doblada.

En España, hace ya algunos años que MuchnikSiruela y Anagrama editaron algunos de los libros de este extraordinario escritor, gran desconocido, a pesar de todo, en nuestros ilustres estantes colmados de ferrantes y knausgårds. Pocas son las figuras que en esta tierra le han prestado atención, aunque entre ellas se cuenta a grandes escritores como Enrique Vila-Matas y a importantes críticos literarios como Mercedes Monmany. Recientemente, Gatopardo ha editado Vida de Samuel Johnson, la hermosa semblanza del intelectual inglés que Manganelli escribió en 1961, y la editorial Dioptrías, con un coraje inestimable, ha puesto a disposición del lector español La literatura como mentira, la imprescindible colección de ensayos críticos que Manganelli publicó originalmente en 1967. Al otro lado del charco, la editorial argentina El cuenco de plata ha traducido Experimento con la India, libro de pensamientos e impresiones sobre el país de Shivá, publicado por primera vez en 1992.

 

 

Yo me equivoqué de libro al salir de la librería Palomar, en la ciudad de Bérgamo, y me llevé este magnífico Album fotografico de Giorgio Manganelli. Para enmendar mi error quisiera traducirlo al español y que otros muchos lectores pudieran ayudarme a comprender si fue una equivocación o un golpe de suerte. Sin embargo, me han dicho que traducir este libro en nuestro país sería un suicidio, que aquí no interesa, que Manganelli no tiene lectores. Como cree el ladrón que todos son de su condición, yo, que soy dado al equívoco, quiero pensar que quien esto dice también se equivoca. Y que si Manganelli no tiene aún suficientes lectores los tendrá pronto, y que estos querrán hurgar en la caja de sus fotografías personales y disfrutar el relato biográfico de su hija Lietta, y que podré traducirlo, y que alguien le dirá algún día a la librera de Palomar que hizo bien en no devolverme el arrivederci de costumbre y en forzar, en cambio, este hermoso equívoco.

 

 

 

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Ordesa, Manuel Vilas (por Elena J. Gomariz)

Crítica, Entrelíneas

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Ordesa o una autobiografía de la sangre

Contempla, con la pasividad y la ausencia que deja el dolor en los ojos, la luz de la entrada. La antigüedad de los muebles no tiene luz; está apostada en la sombra. Tal vez faltarían algunas cuantas cosas, daños menores, por la persistencia del olvido o la falta de memoria. A todos se nos marcha una sombra, un invierno, de vez en cuando. A todos se nos olvida sacar la basura, fregar los platos o llamar a mamá. A mamá nunca la llamamos (a no ser que necesitemos cualquier nimiedad cotidiana, un plato de comida, qué sé yo). Y a papá aún lo olvidamos más. Tras atravesar el umbral, el corazón necesita más oxígeno y sangre para continuar sin resquebrajarse; sin hacerse trizas, como los espejos en los que reconoceremos nuestro último rostro. Ha entrado, al fin, en Ordesa.

Manuel Vilas (Huesca, 1962), autor y creador de Ordesa (Alfaguara, 2018), estudió filología hispánica y ejerció durante veinte años como profesor de Secundaria, oficio que decidió abandonar para bien de nuestra literatura. Ha escrito (y mucha) poesía, además de ensayos y numerosas novelas, entre las que destacan Aire nuestro (2009) o Lou Reed era español (2016). Por lo demás, y volviendo a Ordesa, el éxito que la avala y sus numerosas ventas nos reconcilian con un tipo de escritura elegante, hermosa y, sobre todo, visceral, que agarra desde la primera palabra.

“La infancia –nos recordaba el belga Jacques Brel– es una noción geográfica”. Precisamente Ordesa –topónimo omitido hasta la página 142, si no me falla la memoria– convoca el amarillo desgastado de una fotografía (todo el libro es una mezcla de letra e imagen, de arte ágrafo y culto al logos) o de un olor, pero sobre todo de un lugar y cierto verano a lo lejos. Más allá de atenerse a una mera recuperación del paraíso perdido, se erige casi símbolo del atavismo español y quiebra todos los cánones del género. El resultado es una confesión, un diario, una autobiografía (individual y colectiva) que consigue romper el pacto de lectura y mezclar los límites entre ficción y no ficción.

La novela de Manuel Vilas es también, y por encima de todo, un homenaje a la literatura y al arte de la memoria de la carne, de nuestros seres queridos, de lo que queda tras la vorágine o la muerte. Será por eso que exige relectura, detenerse en cada capítulo (que no son sino poemas o imágenes arrebatadoras de lo vivido), regresar como regresa el hijo pródigo, narrador mesiánico, sin posibilidad de salvar ya más que la esperanza. Decía Carme Riera al inicio de Tiempo de inocencia que “consustancial a cualquier paraíso es su pérdida, porque, de lo contrario, no sería paraíso. También en la pérdida se fundamentan nuestras vidas”. Y quizás no existan palabras que redefinan mejor, o de forma más aproximada, el corazón que late en Ordesa, su razón de ser. Nuestros lutos son tragedias domésticas que nos ayudan a sobrellevar las pérdidas o la merma de aquello que a nosotros nos parecía sagrado. El duelo que concede la escritura permite recuperar y recrear un orden cósmico, religión alternativa para nuestra fe personal. Ordesa, por todo ello, supone un arte poética sobre el amor más incondicional y puro que se nos ha dado en suerte conocer: una crónica familiar y social que invita a mirarnos dentro, recomenzar o releer, en silencio, nuestra historia, y así evitar, en el futuro terror, equivocarnos en aquello que más queremos.

 

Elena J. Gomariz

elenajgomariz@gmail.com

La séptima función del lenguaje, Laurent Binet (píldora #4)

Crítica, Entrelíneas

La séptima función del lenguaje, Binet

 

La séptima función del lenguaje, de Laurent Binet, publicada por Seix Barral en España en 2016, no será la obra de arte del siglo, pero es sin duda una obra excepcional, bien construida y, además, divertidísima. Si eres un entusiasta del postestructuralismo, de las teorías del lenguaje o de la Teoría (a secas), disfrutarás como un enano quemando con los ojos las irreverentes páginas de Binet.

Complejas conspiraciones, asesinatos despiadados, espionaje internacional, persecuciones vertiginosas, intrigas políticas y filosofía, mucha filosofía. Cuando uno lee a Bukowski traducido tiene que leer muchas veces la palabra “polla” para sentirse cómodo en el texto. De forma similar, cuando uno lee esta hilarante novela de Binet, tiene que leer varias veces las palabras “semiótica”, “logos” o “French theory” para sentirse a gusto y confortable. Se tarda apenas unas páginas y el resultado es un thriller tragicómico (más cómico que trágico), o un ensayo novelado de indudable pericia narrativa, ideas de calidad y entretenimiento asegurado.

Duelo, Eduardo Halfon (por María Ayete Gil)

-200º, Crítica

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Se llamaba Salomón. Murió cuando tenía cinco años, ahogado en el lago de Amatitlán. Así me decían de niño, en Guatemala. Que el hermano mayor de mi padre, el hijo primogénito de mis abuelos, el que hubiese sido mi tío Salomón, había muerto ahogado en el lago de Amatitlán, en un accidente, cuando tenía mi misma edad, y que jamás habían encontrado su cuerpo.

 

Con estas palabras de tono casi mitológico da comienzo la última novela del guatemalteco Eduardo Halfon, Duelo, publicada en 2017 en la editorial Libros del Asteroide. El autor, sobre cuyas espaldas pesa ya la publicación de un considerable número de títulos, se sirve de las páginas de Duelo para, siguiendo la estela de Monasterio (Libros del Asteroide, 2014) o Signor Hoffman (Libros del Asteroide, 2015), elaborar una indagación personal a partir de un recuerdo familiar. En este caso, es el misterio que gira en torno a la muerte de ese niño Salomón, hermano del padre del narrador, el trágico hueso vertebrador de la novela.

Desde la voz de un otro que comparte nombre y biografía con el autor, Halfon hilvana en poco más de cien páginas un relato que, teñido de sombras, abarca (atención) casi un siglo de la historia de la familia y se desplaza por el mapa geográfico de sus ancestros (Guatemala, Miami, Polonia, Berlín, Nueva York). ¿Cómo ejecutar tal ejercicio de precisión, economía y síntesis? ¿Cómo crear ese mosaico espacio-temporal sin perder al lector? ¿Cómo sin disminuir intensidad? ¿Cómo sin olvidar el centro? En definitiva, ¿cuál es el secreto, no sólo para hacer eso y no morir en el intento, sino para lograrlo y, encima, parir una pequeña joya como es Duelo? La respuesta es llamarse Eduardo Halfon.

La novela arranca en el chalé cerca del lago de Amatitlán, un lugar mágico en el que transcurre parte de la infancia del Halfon-narrador en compañía de la familia y, sobre todo, del hermano menor, cómplice y compañero de aventuras. El lector se transporta entonces a un presente de la mano de un narrador ya adulto que regresa a ese lago en busca de respuestas a la desgracia de Salomón, de la que no se habla. A partir de ese momento, los desplazamientos espacio-temporales se suceden sin descanso, en un vaivén entre distintos flashes del pasado (que dibujan el recorrido biográfico de la familia) y la travesía presente que ha emprendido el adulto en Guatemala.

Pero la novela no se queda en la búsqueda de esa verdad sobre Salomón, sino que con ese algo que nos recuerda al buen uso del realismo mágico, la novela se extiende con personajes y escenas del imaginario guatemalteco, como son el niño que vende café y tortillas en su cayuco, el guardián y jardinero del chalé don Isidoro o la bruja doña Ermelinda. Es, precisamente, en el encuentro del Halfon adulto con este último personaje, hacia el final de la novela, cuando se produce uno de los mejores momentos del texto: esa fantástica enumeración catalogada de niños ahogados en el lago -que es difícil leer sin recordar aquella relación de mujeres asesinadas del Bolaño de 2666-, que viene a ser culmen del rasgo de estilo más característico del autor: el uso de la anáfora. Estas repeticiones logran, por un lado, dotar al discurso de un ritmo vertiginoso y, por el otro, embelesar a un lector al que sólo le queda rendirse a los pies de la belleza de la palabra.

Portadora del efectismo y de la intensidad de los buenos cuentos, Duelo debe leerse de una sentada, ya no por deleite personal (que también), sino para honrar el esfuerzo del autor por buscar la mejor estructura de cara al golpe final al que conducen los retazos breves de los que está urdida la novela: esa última escena, extraordinaria y conmovedora, que cierra circularmente el texto con el nombre de Salomón a orillas del lago del pueblo de Amatitlán. Con la última palabra, “Salomón”, clausura Halfon su corta pero profunda reflexión sobre cómo afrontar el pasado, la historia personal, las raíces y la culpa.

Halfon nació en Guatemala pero emigró a los Estados Unidos a los diez años. Tras la lectura de sus textos (todos ellos escritos en español) es, cuando menos, llamativo escucharle afirmar, tal como ha hecho en más de una entrevista, que el inglés es su espacio de confort, siendo el idioma español un terreno que todavía siente estar recuperando. Y es que si sus novelas son ya una lección de dominio y virtuosismo, me pregunto qué nos encontraremos cuando sea que el guatemalteco dé por concluido su particular ejercicio de rescate.

 

María Ayete Gil

mayete@uwm.edu

 

 

 

 

 

 

 

Yonquis de las letras, Jorge Comensal

-200º, Crítica, Ensayo

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Hace unos años que venimos disfrutado de la colección de ensayo breve de la editorial La Huerta Grande, pero hasta ahora ninguno de estos títulos se había inscrito en la tradición del ensayo con mayúsculas con tanta fuerza como Yonquis de las letras (2017), de Jorge Comensal. Tras una portada austera y un formato limpio, el autor mexicano dispara una bala de cañón con este texto inteligente, certero y divertido.

Como el padre de los Ensayos, Jorge Comensal utiliza al texto como pretexto para narrar las peripecias del sujeto, o al sujeto como pretexto para narrar las peripecias del texto: «el ensayo como acto de narcisismo caníbal», ha escrito el propio Comensal. En cualquier caso, este libro elabora la idea central de la adicción literaria por acumulación de experiencias propias o ajenas, verdaderas o apócrifas –qué importa–, para ofrecer un catálogo materialmente breve, pero virtualmente infinito, de casos y causas de dependencia de la letra impresa. Una dependencia de la que ya nos advierten las primeras palabras del libro:

 

De todos los apetitos, leer es el más tramposo. Parece una costumbre inofensiva, pero tiene sus peligros y locuras, excesos y trastornos. Opio, bingo, sexo, tabaco, Biblia, marihuana… Los libros también enganchan la vida a su consumo.

 

De figuras ya conocidas por todos, como Don Quijote o Madame Bovary, a rarezas bibliófilas inenarrables y extraños lectores compulsivos, como Adolf Hitler. Comensal conoce el tema que tiene entre manos, y lo conoce por haber soportado literalmente entre manos aquellos libros que durante años fueron pasto del insomnio, la obsesión y la soledad. Entre páginas que saciarán al más hambriento de referencias librescas y conexiones inauditas, se cuelan íntimas confesiones, guiños privados llenos de ironía, recuerdos más o menos amargos de los que portan consigo la dicha y la desdicha de ser un adicto, un verdadero yonqui de las letras.

 

Por lo pronto reconozco que los excesos me resultan familiares. Mi abuela solía decir «Me gusta la copita» al borde de la congestión alcohólica. Mi padre volvía a casa dando tumbos y me encontraba, como siempre, a solas con un libro. «Estás loco», balbucía. Ninguno de los dos se percataba de cuánto nos parecíamos. Heridos por el mismo fuego, tratábamos de apagarlo con gasolina.

 

Este hecho hace que resulte hermoso y fácil creer en la sintomatología y la casuística que Comensal expone y analiza, como leyendo Opio, de Cocteau, nos dejamos llevar por el olor del humo, el color desdibujado de las alucinaciones y el tacto nebuloso de los almohadones orientales.

 

De vacaciones forzadas en el rancho de un pariente, al calor de una fogata concurrida, un tipo de bigote nietzscheano y cultura paleolítica me preguntó qué quería estudiar cuando fuera a la universidad. «Letras», le respondí con orgullo quinceañero. «Para eso no estudie —me dijo—, que yo se las enseño: a, b, c…». No me ofendió la broma simple sino la carcajada unánime que provocó. Sentí mi soledad elevarse al cuadrado. Para calmarme pensé en Si te dicen que caí de Juan Marsé, la novela que estaba leyendo. En medio del desierto de Coahuila, mi cerebro se fugó a Barcelona con Java y Sarnita; sin ellos el purgatorio de aquellas vacaciones habría sido un infierno. Muchas veces pasó lo mismo. La enfermedad, el luto y el despecho, una adolescencia infame que recuerdo sin odio gracias a los libros. Mi dicha fue con ellos solamente, una vida de mierda con perfume de azahar.

 

«¿Por qué aspiro a leerlo todo?», se pregunta el autor enunciando la clave misma de su libro. Quizá para devolverle a la literatura aquella salvación de infancia, quizá por mero placer, quizá (como hacen la mayoría de fumadores) porque no puede dejarlo. La respuesta es la desgracia de la pregunta, decía Blanchot, y esta duda no puede más que quedar sin solución para que sigamos leyendo, presos de la fiebre y del vicio.

Montaigne, quien sin duda alguna habría disfrutado este texto, escribió en el octavo capítulo de sus Ensayos que la melancolía –afección que aborrecía– lo asaltaba en momentos de tedio y ociosidad sin que pudiera hacer nada para evitarlo, y que fue ese mismo humor melancólico lo que primeramente le metió en la cabeza «el desvarío de empezar a escribir». ¿Qué otro humor es capaz de meternos en la cabeza el desvarío de empezar a leer? ¿Qué humor, si es que existe alguno, es capaz de curarnos ese desvarío?

La melancolía, como la manía, el ataque de nervios o la histeria, son males o afecciones que se mueven en un limbo pre-clínico. Hace tiempo que sabemos que no tienen nada que ver con el color de las secreciones del hígado o con el temple del alma, y, sin embargo, hablar de depresión clínica exige una rotundidad que ciertos caracteres dados al ensimismamiento, la soledad y el silencio no toleran.

La adicción a la lectura, tal y como el autor de este libro la plantea, sobrevuela los campos del delirio, el trastorno, la obsesión, la vasta locura y la humilde timidez. Es un mal inclasificable, siquiera como «mal». Como el «mal de Montano», aquella enfermedad de la literatura ideada por Enrique Vila-Matas en una de sus mejores novelas, cuyas consecuencias sobre quien la padece son que no puede dejar de vivir su vida a través del tamiz de lo literario.

El tema, ya de por sí, es interesante, sobre todo para quien acarrea en su interior, más o menos latente, ese mal de la literatura o de la lectura que tanto bien hace. Un veneno balsámico. Un verdadero pharmakon. Sin embargo, ¿qué mérito tiene disponer ante el humilde lector un tema interesante, más aún si el lector ya cuenta con esa predisposición patológica a disfrutar del tema libresco? Bueno, el mérito ciertamente existe, aunque algunos vean en él un mérito estratégico como el de un experto en marketing y en Big Data. Pero el punto fuerte de Yonkis de las letras no es la elección del tema sino su realización, su formalización.

Un libro que habla de adictos a la lectura o de lectores compulsivos podría haber sido una verdadera chapuza. En cambio, Yonkis de las letras es una apuesta enorme y brutal por la conjunción perfecta de la pasión lectora y el talento literario de su autor. Desde Borges, muchos son los autores que han querido definirse mejores lectores que escritores, en un ejercicio táctico de humildad que libere de algún modo el peso de sus responsabilidades literarias, como queriendo hacer creer a los lectores que la escritura de un poemario, una novela o un ensayo es fruto del azar, o cuando menos una actividad secundaria y lateral respecto de la lectura.

Por el contrario, son pocos los autores que, como Borges, han sabido desmentir y desmontar en la práctica su propia estrategia publicitaria, siendo igual o mejores escritores que lectores. Octavio Paz, Alfonso Reyes y Sergio Pitol –los tres mexicanos– se cuentan entre estos seres excepcionales. También Cervantes –si se me permite–, o el citado Vila-Matas, o Roberto Bolaño, o el propio Jorge Comensal.

No debe ser fácil abordar un texto como este con las expectativas de volverlo legible y, menos aún, ameno y entretenido. Sin embargo, Jorge Comensal lo ha conseguido. El lector que se atreva con Yonquis de las letras no se arrepentirá, y tendrá entre sus manos todo el peso de la literatura, pero con la ligereza y la sencillez –que no simpleza– de un chute de heroína. La sangre hierve –dicen–, los ojos se vuelven –dicen– y el espíritu se adormece –dicen– extasiado en un pasar las páginas sin freno, sin fin, hasta que este ensayo, que te agarra con las zarpas de una buena novela, entra en ti y ya no te abandona.

 

Al lector salteado, por su segundo aniversario

Desbarros

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El pasado viernes 23 de febrero se cumplió el segundo aniversario de este espacio de páginas erráticas y fronteras imprecisas que llamo lector salteado, y lo que empezó como una broma parece haberse convertido en una broma larga.

Cuando después del lore ipsum de rigor publiqué una reseña de Historia abreviada de la literatura portátilde Enrique Vila-Matas, pensé que ya lo había hecho todo. Había abierto un blog, había publicado una reseña anacrónica, no la había leído nadie: ¿qué más se puede pedir?

Sin embargo, vinieron otras, otras muchas, quizás demasiadas. La pantalla blanca e inmaculada comenzó a poblarse de letras, palabras, comentarios más o menos afortunados, títulos de libros y de películas, nombres de autores, autores enteros que se colaban entre las rendijas de ventilación de mi ordenador, bajo las teclas, abriéndose paso entre los píxeles de la pantalla y el código de una web de nombre incierto y resabios gastronómicos tan lejanos como erróneos: lector salteado.

Me gusta la minúscula. En otros lugares lo he dejado por escrito. Nadie podrá negar que he luchado por ella y que solo he usado mayúscula cuando las circunstancias me han obligado. Pero han sido muchas las veces en que las circunstancias me han obligado. Los escritores, como digo, se colaban en el blog saltando directamente desde mi mesilla de noche, y eso ha hecho que también el blog saltara como un trapecista sobre el abismo de redes sociales que han reescrito y referido su nombre con mayúscula: Lector salteado. En cierto modo, es como si habiendo pasado dos años desde su nacimiento el nombre hubiera crecido y esa letra inicial hubiera ganado en altura y anchura sin remedio alguno. Yo me resigno a que el blog tenga dos nombres, uno con minúscula y otro con mayúscula. Son las dos caras de un mismo ser, Jekyll y Hyde, la cara íntima y esquiva vs. la cara social y amigable.

La culpa la tienen siempre los escritores, que campando a sus anchas en mi blog han conseguido que esto parezca el apartamento de la calle Suipacha de Buenos Aires donde el narrador de aquel cuento de Cortázar vomitaba conejitos blancos como un desquiciado. Conejitos y escritores por todos lados. Cocteau, Duras, Orejudo o Lamborghini fueron de los primeros en llegar, pero entonces ni siquiera intuí que como verdaderos saboteadores abrirían la puerta desde dentro para que entraran otros colegas del gremio: algunos clásicos poco frecuentados, como Giovanni Papini y sus furibundas Cartas del papa Celestino Sexto a los hombres, Giorgio Bassani y su extraordinaria novela La garza, Maxim Gorki y su relato El vagabundo filósofoFernando Pessoa y sus Cartas de amor, Georges BatailleLo imposible, Rubén Darío y Los raros.

Así podía haber terminado todo, pero no. La fiesta se descontroló y entraron algunos gigantes de la literatura hispanoamericana contemporánea, como Sergio Pitol, Roberto BolañoAlan Pauls o Rodrigo Fresán, y algunos representes heterodoxos de la narrativa española actual: Alberto Olmos, Julio Fajardo Herrero, Jesús MarchamaloPhil CaminoJorge Carrión o (de nuevo y siempre) Vila-Matas. Todos ellos seguidos de algún que otro raro más o menos desconocido, como Witold Gombrowicz y su Curso de filosofía en seis horas y cuarto, Néstor Sánchez Nosotros dosCarlos Correas y su brutal novela Los jóvenes, el citado Osvaldo Lamborghini con El FiordWolfgang Koeppen y sus extrañas Anotaciones de Jakob Littner desde un agujero bajo tierra.

Pero nadie está dispuesto a quedarse en la calle al pie de una ventana iluminada desde la que se proyectan risas, llantos, música y gemidos. De modo que ni  W. G. Sebald, ni Henry-David Thoreau, ni Thomas Bernhard, ni Samanta Schweblin, ni Álvaro Enrigue, ni Juan Eduardo Zúñiga, ni Max Brod, ni Valeria Luiselli, ni David Shields quisieron perderse detalle de lo que se cocinaba en estos parajes. Hasta Años Nuevo y Carnaval celebraron a mi costa, sin que yo pudiera ni siquiera pronunciarme en contra o a favor. Se atrevieron incluso, con todo el arrojo que puede atribuírsele a un escritor, a invitar sin mi consentimiento a pintores como Giorgio Morandi, fotógrafos como Luigi Ghirri, cineastas tan dispares como Ben Wheatley o Philip Gröning, y ensayistas de verbo incontinente como Mario Aznar.

Hay que decir también que no actuaron solos. Hubo cómplices que sin tapujo alguno colaboraron para llevar a buen fin la ocupación progresiva del blog por parte de escritores de todo género y condición, hombres y mujeres, ensayistas y narradores, filósofos y novelistas, así como de editoriales grandes y pequeñas, de uno y otro lado del Atlántico, como Anagrama, Corregidor, Wunderkammer, Seix Barral, Elba, Caja Negra, Círculo de Tiza, Mondadori, Adriana Hidalgo, Sexto Piso, Tusquets, Nórdica, Errata naturae o Libros del asteroide.

Algunos de estos cómplices tienen nombre propio, como María Ayete Gil y Elena J. Gomariz, que colaron en la fiesta a Sara Mesa y a Julio Fajardo, por un lado, y a Antonio Orejudo y a la sombra de David Foster Wallace, por otro.

Otros compañeros de fechorías, más discretos y multiplicados, son los lectores. Por ellos especialmente reproduzco esta misiva que acabo de recibir del mismísimo Macedonio Fernández. La generosa dedicatoria que el maestro Macedonio ha concedido a nuestro blog quiero hacerla extensible, aquí y ahora, a todos los lectores salteados que por una casual desdicha han tenido a bien perderse entre tanto escritor y tanto título y tanta crítica.

Gracias.

 

AL LECTOR SALTEADO

Confío en que no tendré lector seguido. Sería el que puede causar mi fracaso y despojarme de la celebridad que más o menos zurdamente procuro escamotear para alguno de mis personajes. Y eso de fracasar es un luicimiento que no sienta a la edad.

Al lector salteado me acojo. He aquí que leíste toda mi novela sin saberlo, te tornaste lector seguido e insabido al contártelo todo dispersamente y antes de la novela. El lector salteado es el más expuesto conmigo a leer seguido.

Quise distraerte, no quise corregirte, porque al contrario eres el lector sabio, pues que practicas el entreleer que es lo que más fuerte impresión labra, conforme a mi teoría de que los personajes y los sucesos sólo insinuados, hábilmente truncos, son los que más quedan en la memoria.

Te dedico mi novela, Lector Salteado; me agradecerás una sensación nueva: el leer seguido. Al contrario, el lector seguido tendrá la sensación de una nueva manera de saltear: la de seguir al autor que salta.

 

De Museo de la Novela de la Eterna (primera novela buena)

Macedonio Fernández

Martes de carnaval (el escritor y la máscara)

Desbarros

Hoy es martes (13) de carnaval.

Mucho se ha dicho sobre los escritores: mentirosos, impostores, falsos, desdoblados… ¿Pero quién podría decir de un escritor si lleva máscara o no? ¿Cuáles caminan disfrazados? ¿Cuándo están en su propia piel y cuándo en la de otro? ¿Cuándo estamos nosotros en la piel del escritor?

 

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Arthur Conan Doyle vestido de Asterix

 

Duchamp disfrazado de mujer

La mujer-Duchamp

 

El capitán Carlos Barral

El capitán Carlos Barral

 

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Hugo Ball disfrazado de…

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Un sombrero de pescador disfrazado de Pablo Neruda

 

Susan Sontag disfrazada

Susan Sontag en la piel de un osito de peluche

 

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Nietzsche, soldado del ejército prusiano

 

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Jorge Luis Borges enmascarado

 

Cortázar y Gabriel García Márquez

Cortázar, devorador de ‘nobeles’ colombianos

 

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Joyce Carol Oates caracterizada como Emily Dickinson

 

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Franz Kafka disfrazado de persona normal

 

Oscar Wilde de griego

Oscar Wilde vestido de “griego”

 

Scott Fitzgerald disfrazado

Francis Scott Fitzgeral disfrazado de mujer

 

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Truman Capote en la piel de Baco

 

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Por la izquierda: García Lorca, tres desconocidos (por mi), y Luis Buñuel

 

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Salvador Dalí caracterizado como Salvador Dalí

Hambre de realidad, David Shields (píldora #3)

Crítica, Ensayo

978846065905

 

 

Este es un ensayo con el que entusiasmarse, y no solo por el buen gusto de la editorial Círculo de Tiza. Es un ensayo con el que identificarse fervorosamente y al mismo tiempo estar en completo desacuerdo. David Shields teje en Hambre de realidad (2015; publicado en inglés en 2010) un complejo e inspirado tapiz en el que se van uniendo con mimo los puntos de fuga del estado actual de la (conciencia) poética, del arte contemporáneo, de la literatura y de su confluencia en este incomunicado mundo de las comunicaciones. Bajo la forma de un manifiesto (colectivo; generacional, incluso), Shields propone una sugestiva radiografía de la nueva estética: las nuevas formas de mirar, leer y escuchar que la tecnología y los deicidios históricos de la novela o el arte han propiciado para nuestros días.

Para completar este viaje alucinado por la “rabiosa actualidad” recomiendo los ensayos de Kenneth Goldsmith reunidos en Escritura no-creativa (2015, Caja Negra), o, aunque no tengan nada que ver, los grandiosos, excelentes, fabulosos y extraordinarios ensayos literarios de Giorgio Manganelli compilados en La literatura como mentira, que la editorial Dioptrías publicó en 2014 en traducción de Mariagiovanna Lauretta. También merece un pecado el librito de Jean-Yves Jouannais Artistas sin obra (2014, Acantilado).

La parte soñada, Rodrigo Fresán

Crítica, Entrelíneas

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Es un placer volver a habitar las páginas de la revista Vísperas. Esta vez con una lectura de la novela La parte soñada (Random House, 2017), del argentino Rodrigo Fresán, de quien ya reseñamos en este blog La velocidad de las cosas (1998).

 

La parte soñada es un libro imponente, que infunde respeto, miedo y asombro a partes iguales. Me atrevo a decir incluso que intimida ya desde su dilatada extensión o desde la imagen inquietante y algo enigmática de su portada: una especia de muñeco de hojalata, orondo y sonrosado, que porta en una mano un osito de peluche amarillo y en la otra un candil dorado y una desproporcionada maleta con una llave para darle cuerda indefinidamente.

Leer más.

Pájaros en la boca y otros cuentos, Samanta Schweblin (píldora #2)

-200º, Crítica

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Menos mal que existe la escritora argentina Samanta Schweblin. Menos mal que existe, al menos, su voz literaria, tan dura pero tan serpenteante, tan llena de matices e inflexiones, tan fresca. Pájaros en la boca es un libro de cuentos que Lumen publicó en 2009 pero que el sello Literatura Random House ha reeditado afortunadamente este año, junto a otros relatos que no encontramos en el volumen original.

Resumir un cuento es tarea de idiotas. Así que hablaré de ecos de Rulfo y de Cortázar, ecos de Flannery O’Connor y de Bioy Casares. Son todos ecos un poco mudos, pues no acallan ni de lejos la voz de Schweblin, que resuena como un gran diluvio que se ha estado esperando durante años, bailando y bailando como un jefe cherokee.

Su primer libro de cuentos, El núcleo del disturbio (2002) está desaparecido en combate. En cambio, en 2014 Random House puso en nuestras manos la primera novela de SchweblinDistancia de rescate, que bien merece más de una lectura. Para los caprichosos, la editorial Páginas de espuma ha editado este año La respiración cavernaria un cuento de la autora ilustrado a toda página con las pinturas de Duna Rolando. Para caprichosos de otro tipo: Borges: el laberinto infinito (2017, Norma), el cómic sobre el autor de Ficciones que han esculpido caprichosamente Nicolás Castell y Oscar Pantoja.